….porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar.

—1 de Timoteo 6:7

Las riquezas no son fuente de seguridad.
Hoy día, si miramos a nuestro alrededor por las circunstancias que está viviendo el mundo, encontraremos cantidad de personas desesperadas por su situación económica. Por causa de esta pandemia, muchos en el mundo han perdido grandes capitales. Personas que, hace unos meses, tenían una gran fortuna, hoy están en la ruina.
Muchas de estas personas planearon, sin tener en cuenta a Dios. Hicieron grandes proyectos y prosperaron mucho, pero nunca pensaron que esas fortunas podrían desaparecer de la noche a la mañana. Se sintieron seguros y confiados en que nada les faltaría. Pero, la verdad es, no importa lo que tengamos en este mundo. Nada es nuestro, aun si no se pierden por calamidades de este mundo. Y si Dios nos permite tenerlas hasta nuestro último día, cuando partamos, las tendremos que dejar acá. En realidad, no somos más que simples administradores de ellas.
Por eso, Jesús nos enseña que no pongamos nuestras esperanzas en las riquezas de esta tierra que son inciertas.
Jesús, en Mateo. 6:19- 21 nos dice, »No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corroen, y donde los ladrones minan y hurtan. Por el contrario, acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido corroen, y donde los ladrones no minan ni hurtan. Pues donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.
Cualquier cosa que poseamos se puede perder o alguien la puede robar, se puede arruinar con el óxido, el moho, el fuego o una inundación la pueden destruir. Es un principio de la naturaleza que las cosas que no se utilizan tienden a deteriorarse y finalmente no sirven. También debemos recordar que nos pueden pasar muchas cosas que nos impidan disfrutar o usar nuestras posesiones. Lesiones, enfermedad, parálisis, ceguera u otras incapacidades pueden sobrevenir en cualquier momento, y la muerte siempre está a la puerta.

Por eso, cuando por la gracia de Dios entendemos que no somos más que administradores de las cosas materiales en este mundo, estaremos preparados para confesar como Job en esos momentos de calamidad.
Job. 1:21 «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré al sepulcro. El Señor me dio, y el Señor me quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!»
Y no nos angustiaremos por las riquezas de este mundo, sabiendo que nuestra verdadera riqueza está en el cielo.

Oración:

Amado Dios, te doy gracias por los viene que me has permitido administrar y te pido en el nombre de Jesús que me guardes de poner mi confianza en ellos. Amén.

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