(Lectura de la Biblia en tres años: Números 31:21–34, Marcos 14:1–2)

ESTÁ AMANECIENDO

Hagan todo esto estando conscientes del tiempo en que vivimos. Ya es hora de que despierten del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cerca que cuando inicialmente creímos. La noche está muy avanzada y ya se acerca el día. Por eso, dejemos a un lado las obras de la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz.

—Romanos 13:11-12

El amanecer de un día despejado es muy hermoso. Sus intensos colores estimulan el ánimo para emprender la nueva jornada. El calor de los primeros rayos del sol nos animan a abandonar el sueño y disfrutar del nuevo día. En el texto de hoy, el Espíritu Santo nos dice que el amanecer de los tiempos está muy cerca ¿vamos a querer seguir durmiendo?

Hoy, estamos más cerca de la eternidad que cuando dimos los primeros pasos en el camino de la fe. Cada día que pasa nos acerca más y más al día de la venida del Señor, cuando las guerras, revoluciones, pestes, desastres, llanto y dolor lleguen a su final. Nuestro encuentro con la eternidad puede suceder en cualquier instante, ya sea que el Señor retorne o que nos llegue la muerte. ¡Podría ser hoy mismo! Con esto en mente Pablo nos amonesta: «Ya es hora de que despierten del sueño […] dejemos a un lado las obras de la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz.» ¿Qué significa eso? Significa abandonar la vida pecaminosa. Pablo da una lista enunciativa y no exhaustiva de lo que son las obras de la oscuridad. Cada uno de nosotros conocemos los pecados que nos tientan y que debemos desechar. Además, somos exhortados a vestirnos la armadura de la luz. Eso significa vestirnos de la justicia de Cristo. Los méritos de Jesucristo son los únicos que nos ponen en buena relación con Dios. Delante de Él somos tan justos como Cristo y libres de la condenación eterna. Ese perdón nos es otorgado mediante la fe que el evangelio obra en nuestro corazón. Pero, también significa que quien de verdad tiene la fe salvadora querrá vivir en santidad, no para procurar ganar el favor de Dios, y sí en gratitud a su amor inmerecido (la gracia), tal como lo dijo el apóstol Juan: «Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es. Todo el que tiene esta esperanza en Cristo, se purifica a sí mismo, así como él es puro.» (1 Juan 3:2-3)

Oración:

Concédeme, Jesús, la sed de conocer tu santa ley; Infunde en mí la luz de tu perfecta salvación, y gozará mi corazón de amor la plenitud. Otórgame, Señor, poder y gracia para comprender que a todos debo amar; Concédeme por tu bondad del cielo la felicidad aun aquí gozar. ¡Oh!, santifícame, Señor, y llena mi alma de tu amor; Permíteme el oír tu voz, tu rostro contemplar, y tu hermosura admirar, y en Ti, y por Ti vivir. Amén.

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