(Lectura de la Biblia en tres años: 1 Samuel 31, Lucas 22:15–23)

EL TRÁGICO FINAL DE SAÚL

La batalla se intensificó contra Saúl, y los arqueros lo alcanzaron con sus flechas. Al verse gravemente herido, Saúl le dijo a su escudero: «Saca la espada y mátame, no sea que lo hagan esos incircuncisos cuando lleguen, y se diviertan a costa mía.»

—1 Samuel 31:3–4

El noveno libro de la Biblia conocido como «El Primer Libro de Samuel» concluye con el relato de la trágica muerte del rey Saúl y la de su hijo Jonatán, el amado amigo de David. ¿Por qué decimos que es una trágica muerte?

Aunque la mayor tragedia de Saúl no es su muerte sino su vida misma, pues él la vivió neciamente, su fin es trágico porque se enfrentó a la muerte sin Dios. Su funesto final es el claro reflejo de su malsana y perniciosa vida. Saúl, conociendo que había perdido el favor de Dios, se inclinó a confiar en su propia astucia en lugar de arrepentirse para vivir llevando fruto de arrepentimiento. (1 Samuel 10:8; 13:1–14; 15:26). En esas circunstancias fue a enfrentar la guerra contra los filisteos. Algún tiempo antes, Saúl ya había evidenciado que le interesaba más el qué dirán de los seres humanos que el estar en buena relación con Dios (1 Samuel 15:24–30; Gálatas 1:10). En esta batalla, los filisteos mataron a los hijos de Saúl y a él alcanzaron a herirlo. Entonces, Saúl le pidió a su escudero que le quite la vida pues no quería que los paganos filisteos lo hicieran objeto de burla y lo maten: «no sea que lo hagan esos incircuncisos cuando lleguen, se diviertan a costa mía.» (31:4) Su preocupación estaba centrada en su imagen pública, y no en sus relaciones con Dios. Frente a la muerte: no clamó a Dios en arrepentimiento y pesar por su vida pecaminosa, ni suplicó la ayuda divina.

El suicidio no soluciona los problemas. Todo el que se suicida, muriendo sin fe, sufrirá la condenación eterna. Como afirma el dicho «mientras hay vida, hay esperanza», Dios nos da la vida como un tiempo de gracia en el cual podamos ser perdonados. Suicidarse es despreciar el tiempo de gracia. También son una forma de suicidio lento: el comer y beber en exceso, el intoxicar el cuerpo o perder el control de los sentidos por el abuso del alcohol o de las drogas. Ninguno de nosotros cuida el templo de Dios (nuestro cuerpo) perfectamente como Dios lo demanda (1 Corintios 6:19–20; Mateo 5:48). Por eso merecemos toda la ira de Dios. Pero gracias a los méritos de Cristo tenemos perdón y acceso a la vida eterna. En gratitud vamos a querer ser guardianes responsables del templo de Dios

Oración:

Señor, confieso que no he apreciado el don de la vida perfectamente como Tú lo exiges. He fallado cuando hice daño físico y emocional a mi prójimo y cuando no he ayudado a la buena salud de mi cuerpo. Te suplico que en tu bondad me hagas un discípulo responsable que aprecia el don de la vida. Amén.

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