(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Samuel 1, Lucas 22:24–30)

LOS TRONOS APOSTÓLICOS

Ahora bien, ustedes son los que han estado siempre a mi lado en mis pruebas. Por eso, yo mismo les concedo un reino, así como mi Padre me lo concedió a mí, para que coman y beban a mi mesa en mi reino, y se sienten en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

—Lucas 22:28–30

¿Qué cosa buena hicieron los apóstoles de Cristo para que él les prometa tronos en su reino?

Poco antes de las palabras del texto de la meditación para hoy hubo un desacuerdo entre los discípulos de Cristo. El Señor les mostró lo equivocados que estaban en cuanto al motivo y razón de tal desacuerdo. Pero inmediatamente les promete los tronos ¿Por qué lo hace?

El desacuerdo de los discípulos de Jesús giraba en torno a cuál de ellos sería el más importante en el reino de Cristo. El Señor les aclara que lo importante no es el cargo, sino el servicio. Sin embargo, les promete que ellos recibirán tronos en su reino. ¿Merecen los apóstoles tal recompensa? La verdad es que no.

Cuando Cristo fue arrestado todos ellos se llenaron de miedo y huyeron: «Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.» (Mateo 26:56). Aunque acostumbramos a llamar a Tomás como «Tomás, el incrédulo» porque no creyó que Cristo resucitó, la Biblia nos dice que todos los apóstoles fueron incrédulos: «Por último se apareció Jesús a los once mientras comían; los reprendió por su falta de fe y por su obstinación en no creerles a los que lo habían visto resucitado.» (Marcos 16:14) Jesús mismo enseñó que los discípulos deberían confesar que no tenían ningún mérito (Lucas 17:10). Pero promete los tronos a sus apóstoles, no porque ellos lo merezcan sino por su gracia. También a nosotros nos promete recompensas que, al igual que los apóstoles, no las merecemos. Cada buena acción que hacemos, en gratitud al amor sacrificado de Dios será recompensada, no por ser buena pues nuestras buenas obras son imperfectas y por eso detestables para Dios, sino porque Dios les añade el mérito de Cristo (Mateo 5:48; Isaías 64:6). En gratitud vamos a querer hacer buenas obras con humildad sabiendo que no merecemos la recompensa pero alegrándonos de la gracia de Dios.

Oración:

Señor, confieso que soy un siervo inútil pues hice solo lo que tenía que hacer y, además, lo hice imperfectamente. Sé que por eso merezco toda tu ira. Pero Cristo pago por mis culpas e hizo el mérito suficiente para que yo pueda recibir tus recompensas de gracia. Te suplico me concedas un corazón agradecido que aprecie tu gran bondad. Amén.

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