(Lectura de la Biblia en tres años: Números 12, Marcos 8:31–9:1)

ARREPENTIMIENTO Y PERDÓN

Así dice el SEÑOR: “Párate en el atrio de la casa del SEÑOR, y di todas las palabras que yo te ordene a todas las ciudades de Judá que vienen a adorar en la casa del SEÑOR. No omitas ni una sola palabra. Tal vez te hagan caso y se conviertan de su mal camino. Si lo hacen, me arrepentiré del mal que pensaba hacerles por causa de sus malas acciones”

—Jeremías 26:2–3

Grandes hombres de la historia como Alberto Einstein, Abraham Lincoln y Tomás Alba Edison fracasaron en sus primeros desafíos; pero más tarde, cuando tuvieron una nueva oportunidad, alcanzaron grandes logros. Todos queremos una nueva oportunidad alguna vez en la vida. Pero no siempre sucede que tal nueva oportunidad se presente. Por esta razón el lema de los ingenieros militares es «Tu primer error será el último». Si alguien que tiene que desarmar una bomba falla, no vivirá para contarlo. ¿Qué hubiera sucedido si este fuera el lema de Dios? La humanidad entera estaría en el infierno ahora mismo. Pero Dios ha dado a cada ser humano una nueva oportunidad y no tomarla en cuenta es lo más peligroso.

E texto de la meditación de hoy es parte de una profecía dada por el profeta Jeremías cerca del año 609 a.C., al principio del reinado de Joacim, hijo de Josías y sucesor suyo en el trono de Judá. Por mandato del Señor, Jeremías repitió un mensaje que antes ya había entregado durante el reinado de Josías (Jeremías 7). El profeta reiteraba ante el nuevo gobierno que el Señor cumpliría lo que ya había dicho. Ese mensaje era al mismo tiempo una amenaza y una promesa. La amenaza era que si el pueblo de Judá no se arrepentía, el templo iba a sufrir el mismo fin que el centro de adoración de Silo. Pero la promesa era que si se arrepentían, el Señor no llevaría a cabo su juicio. La única esperanza para los que escuchaban las palabras de Jeremías estaba en que reconocieran su verdadera situación. Jeremías no fue el único pues muchos otros profetas habían anunciado este mismo mensaje

El Señor muestra, su gran amor y su paciencia a la gente de Judá, al darles otra oportunidad. El profeta Jeremías les dijo exactamente lo que el Señor había ordenado, porque el mensaje no era suyo, sino de Dios. La causa por la que estaba luchando no era la suya, sino la del Señor. Por amor, gratitud y reverencia al Señor, Jeremías fue fiel a su llamado al hacer todo lo posible para ayudar a sus oyentes. Por las mismas razones vamos a querer ser fieles nosotros también.

Oración:

Señor, te suplico que por el poder de Tu Palabra me concedas temerte y amarte de modo que no desprecie tu palabra ni la prédica de ella; sino que la considere santa, y la escuche, aprenda y practique de buena voluntad de manera que no me quede callado sino que predique el evangelio fielmente. Amén.

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