(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Reyes 18:13–37, Juan 12:1–8)

LA LETRA HEBREA GUÍMEL

Trata con bondad a este siervo tuyo; así viviré y obedeceré tu palabra.
Ábreme los ojos, para que contemple las maravillas de tu ley.

—Salmo 119:17–18

El Antiguo Testamento originalmente fue escrito en el idioma hebreo. El alfabeto hebreo (alefato, por álef, su primera letra) consta de 22 letras consonantes. Los fenicios, mercaderes y marinos, enseñaron el alefato a los griegos, quienes lo llamaron alfabeto (por las dos primeras letras: alfa, beta) La cultura griega lo difundió en toda Europa. El español heredó ese alfabeto (o, abecedario, por a-b-c) con unas adaptaciones hechas por los romanos. Por eso, también es conocido como el alfabeto latino. Por ejemplo, nuestra letra «A» proviene de la letra griega álfa «Α» y esta de la letra hebrea álef «Α». Álef significa «cabeza de res» (toro o vaca). El antiguo dibujo de la letra álef parece una cabeza de res vista desde arriba. Guímel es la tercera letra del alefato hebreo. Significa «camello de una giba (joroba)». Su trazo original fue así: Λ. Los griegos la dibujaron así: Γ para ahorrar espacio al escribir y la llamaron gamma. Para el pueblo de Israel era muy fácil aprender a escribir pues sus letras ayudaban a la memoria. Pero ¿Por qué la meditación de hoy titula «La letra hebrea guímel»?

El Salmo 119 tiene 176 versículos que están agrupados en 22 secciones ordenadas de acuerdo con el alefato hebreo. Cada versículo de una sección inicia con una palabra cuya inicial esa la letra de la sección: la primera sección se llama álef, por eso cada línea de los versículos uno al ocho comienza con una palabra que tiene álef como letra inicial. Los versículos 17 al 24 del Salmo 119 inician con la letra hebrea «guímel». Esta también es otra ayuda para memorizar. (Los Sal. 9, 10, 25, 34, 37, 111, 112, 119 y 145; Prov. 31:8–31 y Lam. 1:1–22 tienen esta misma estructura que Lutero llamó «abecedario de oro».) En la sección guímel del Salmo 119 el salmista enfatiza en que solo el Señor puede darnos entendimiento de su palabra y la habilidad para creerla y obedecerla. Dios quiere que apreciemos su palabra, que con gusto la memoricemos y la llevemos a la práctica. Pero, debido a nuestro viejo Adán no podemos hacerlo perfectamente como lo exige Dios. Fallar en esto es un pecado por el que merecemos toda la ira de Dios. Solo gracias a los méritos de Jesucristo hemos sido perdonados. Él sí obedeció gustosamente la voluntad de Dios sin nunca fallar. En gratitud vamos a querer no despreciar la palabra de Dios ni la prédica de ella; sino considerarla santa, escucharla, aprenderla, memorizarla y practicarla de buena voluntad.

Oración:

Haz, SEÑOR, que la luz de tu Palabra brille siempre en nuestros hogares de modo que nuestros labios se abran para dar a conocer tu amor en Cristo. Afírmanos en la verdadera fe; y concédenos crecer en tu fe y en la obediencia a tu voluntad, de manera que seamos siervos fieles que prediquen y enseñen el Evangelio en nuestro país y en todas las naciones. Amén.

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