(Lectura de la Biblia en tres años: Números 32:19–42, Marcos 14:26–31)

¿CUMPLE LO QUE PROMETE?

Edifiquen ciudades para sus pequeños, y construyan corrales para su ganado, pero cumplan también lo que han prometido.

—Números 32:24

Al tercer mes de la salida de Egipto, en tiempos de Moisés, el SEÑOR comunicó a los israelitas su propósito de que ellos sean su pueblo de sacerdotes. En respuesta, ellos, unánimes, prometieron a una sola voz: «Cumpliremos con todo lo que el Señor nos ha ordenado.» (cf. Éxodo 19:1–8). Al día siguiente fueron testigos. Sin embargo, no mucho después de la promulgación de los diez mandamientos, incumplieron su promesa cuando, quebrantando el primer mandamiento, celebraron una fiesta de adoración a un becerro de oro. No es necesario decir que la ira de Dios se despertó contra ellos.

La Biblia dice: «Si le haces una promesa al Señor tu Dios, no tardes en cumplirla, porque sin duda él demandará que se la cumplas; si no se la cumples, habrás cometido pecado. No serás culpable si evitas hacer una promesa. Pero, si por tu propia voluntad le haces una promesa al Señor tu Dios, cumple fielmente lo que le prometiste.» (Deuteronomio 23:21–23). Sí, Dios quiere que cumplamos lo que prometemos Lastimosamente, confiamos en nuestra propia habilidad de cumplir nuestras promesas. Esa convicción es pecaminosa pues confía en el poder del ser humano caído. Uno que probó los resultados de confiar en el yo (nuestro viejo Adán) fue el apóstol Pedro. Él confió que podía ser leal a Cristo y no negarlo en medio de la prueba. Los hechos demostraron lo contrario. Escrito está: «¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza y aparta su corazón del Señor!» (Jeremías 17:5 cf. Santiago 4:13–16; Proverbios 16:18). Por tal razón nos enseña: «Cuando hagas una promesa a Dios, no tardes en cumplirla, porque a él no le agradan los necios. Cumple lo que prometes, pues vale más no prometer, que prometer y no cumplir.» (Eclesiastés 5: 4–5, DHH). Pero incluso cuando cumplimos nuestras promesas podemos pecar por sentirnos buenos por haber hecho lo correcto (Lucas 17:10). No confiamos perfectamente en Dios como Cristo lo exige (Mateo 5:40; Romanos 3:10–12). Por eso merecemos toda la ira de Dios. Gracias al Señor, Cristo, nuestro sustituto, confió perfectamente en Dios (Juan 5:19; Mateo 27:43) y en la cruz, desamparado, sufrió nuestro castigo. En gratitud vamos a querer amar, temer y confiar en Dios sobre todas las cosas dando solo la gloria al Señor y no a nosotros mismos.

Oración:

Misericordioso Señor aunque merezco toda tu ira y la condenación eterna en el juicio final, gracias a los méritos de Jesucristo he sido perdonado y declarado justo. En gratitud quiero estar en paz conmigo mismo y con mi prójimo y confiar solo en ti al afrontar la vida. Concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no ha de cambiar; tu auxilio para cambiar lo que debe ser cambiado; y sabiduría para percibir la diferencia. Amén.

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