(Lectura de la Biblia en tres años: Levítico 5:1–13, Mateo 26:51–56)

LA PALABRA DE DIOS ES VIVA Y PODEROSA

Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón. Ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

—Hebreos 4:12–13

¿Dónde reside el poder de Dios? Hace algún tiempo escuché cantar un antiguo himno que suplica: «Dios manda tu gran poder a cada corazón». Algunas personas imaginan que el poder de Dios está depositado en algún lugar del cielo desde donde Dios puede enviarlo para que actúe poderosamente. Pero no es así.

Dios y su poder no son cosas separadas. Cuando decimos que Dios tiene poder, en realidad queremos decir que Dios es todopoderoso. Dios obra su poder por medio de su palabra. Por esto la palabra de Dios es poderosa. Cuando un pecador se arrepiente no lo hace porque tenga el poder para arrepentirse. Tal arrepentimiento solo sucede por obra del poder de Dios. Es la palabra de Dios la que obra ese arrepentimiento. Esa misma palabra imparte la fe al corazón del pecador arrepentido, le da nueva vida y lo hace un creyente en Cristo. Pero la palabra de Dios hace algo más, discierne entre un creyente y un incrédulo; entre un pecador impenitente y un pecador arrepentido ¿Cómo?

La palabra de Dios siempre es efectiva. Hará aquello para lo que Dios la envió. Los sacramentos del bautismo y la santa cena dan el perdón de pecados porque están unidos a la palabra de perdón de Dios. Sin embargo, quien toma la cena indignamente no recibe el perdón sino juicio (1 Corintios 11:28–32). A quienes la palabra ha hecho discípulos de Cristo, esa misma palabra, les dará crecimiento en la fe y hará que lleven fruto (Lucas 8:9–15; Juan 15:6–8). Pero a quienes finalmente resisten la palabra de salvación y cierran sus oídos a sus amonestaciones esa misma palabra los abandonará a su endurecimiento final y los condenará en el juicio final (Juan 12:48). Pero todos nosotros hemos resistido la palabra del Señor. Ese es un pecado por el cual somos merecedores de toda la ira de Dios. Jesucristo apreció perfectamente la palabra de Dios y en lugar nuestro padeció el castigo que merece nuestro pecado. En gratitud vamos a querer temer y amar a Dios, de modo que no despreciemos su palabra ni la prédica de ella; sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos de buena voluntad.

Oración:

Señor, te doy gracias porque el Espíritu Santo me ha llamado mediante el evangelio, me ha iluminado con sus dones, me ha santificado y guardado en la fe verdadera. En el último día me resucitará y dará vida eterna a mí y a todos los que creen en Cristo. Esto es ciertamente la verdad. Amén.

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