(Lectura de la Biblia en tres años: Josué 13:14–14:5, Lucas 8:16–18)

EL PRIMER MES DEL AÑO

En Egipto el Señor habló con Moisés y Aarón. Les dijo: «Este mes será para ustedes el más importante, pues será el primer mes del año.»

—Éxodo 12:1–2

Hace poco más de una semana terminó el primer mes de este año. Atrás quedaron los festejos y buenos deseos de que el nuevo año sea mejor que el anterior y, seguramente, muchos están trabajando para que así sea. Sin embargo, para una gran mayoría de la población mundial, las metas para este nuevo año están centradas en el beneficio personal: tener éxito profesional, laboral o comercial; mejores relaciones afectuosas; y, por supuesto, salud. Aunque tales propósitos no son de por sí pecaminosos, Cristo pregunta: «¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? o ¿qué dará un hombre a cambio de su alma? (Mateo 16:26, Nueva Biblia de los Hispanos).

Año nuevo no siempre fue el 1 de enero. En Babilonia era en la primavera; en las culturas sudamericanas fue en invierno. En el Imperio Romano era el 1 de marzo hasta que Julio César, por motivos tácticos, lo trasladó a enero. Dios ordenó a los israelitas señalar el primer día del mes que salieron de Egipto como su año nuevo: «el mes de aviv» (Éxodo 13:4). En hebreo la palabra «jódesh», que se traduce «mes», significa «luna nueva» y la palabra «aviv» significa «brote, retoño» refiriéndose a las espigas maduras, pero no secas, de la cebada. Dios designó como primer día del año, para Israel, al día que inicia la luna nueva después del primer brote de cebada (en primavera, entre marzo y abril); sin embargo, los judíos de hoy celebran su año nuevo en septiembre.

La iglesia cristiana inicia un nuevo año el primer domingo de Adviento, cuatro semanas antes de Navidad. Adviento significa «La Venida» en referencia a la primera y segunda venida de Cristo. Así, el enfoque de cada nuevo año no está puesto en objetivos personales sino en la bendita esperanza. La iglesia es un pueblo que espera. Cada nuevo año nos recuerda que «está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos.» (Romanos 13:11) No estamos interesados en qué nos deparará el nuevo año, pues sabemos qué nos depara Cristo. Él vivió sin pecado y murió como pecador, siendo nuestro sustituto, para salvarnos. En gratitud, queremos centrar nuestra atención «en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Colosenses 3:2).

Oración:
Señor, según tu palabra yo estaba muerto en mis delitos y pecados. Pero, en tu bondad y misericordia me perdonaste y salvaste por la sustitución que Cristo hizo a mi favor. Por medio del evangelio creaste fe en mi corazón para que pueda ser beneficiado con tu perdón. Te suplico me guardes en la verdadera fe de modo que permanezca firme en tu palabra para la vida eterna. Amén.

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