(Lectura de la Biblia en tres años: Deuteronomio 23:15–24:22, Lucas 3:12–20)

EL TESTIMONIO DEL PADRE ACERCA DE JESUCRISTO

Tan pronto como Jesús fue bautizado, subió del agua. En ese momento se abrió el cielo, y él vio al Espíritu de Dios bajar como una paloma y posarse sobre él. Y una voz del cielo decía: «Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él.»

—Mateo 3:16–17

No nos gusta ser reprendidos, ni reconocer que hemos pecado. Por el contrario, cuando nos sentimos desolados por haber fallado necesitamos palabras de ánimo. ¿Ha sentido alguna vez que ese es su caso?

El Señor dejó de hablar al pueblo de Israel del Antiguo Testamento durante los cuatrocientos años anteriores al nacimiento de Cristo. El Señor quiso que le oyeran solo mediante su palabra escrita. Lo primero que se oyó después de esos cuatrocientos años fue a Juan el Bautista predicando: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca.» (Mateo 3:2). La gente acudía a Juan confesando públicamente sus pecados, y él les anunciaba el perdón al bautizarlos (Marcos 1:4–5). El solo ir en busca de Juan era una manera de decir «soy pecador, merezco el infierno y solo por el perdón de Dios puedo ser salvo». El bautismo otorga gratuitamente el perdón de pecados; pero no es una buena obra que consigue ese perdón. Juan lo dejó muy claro cuando señaló a Jesucristo como el «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29–34) Cristo se manifestó como el Cordero de Dios cuando fue a ser bautizado por Juan ¿Cómo?

Inmediatamente después que Cristo fuera bautizado, Dios habló desde el cielo y dijo: «Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él.» Así, Dios señaló a Cristo como el cordero sin mancha apto para ser nuestro sustituto. Su perfecta y activa obediencia a la ley de Dios la hizo para poder acreditárnosla a nosotros. Con obediencia pasiva fue a la cruz para sufrir el castigo que merecemos por nuestros pecados. No por nuestros propios méritos, sino por los méritos de Cristo, que nos han sido atribuidos, Dios también puede decir de nosotros esas mismas palabras: «Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él.». No merecemos tales palabras. Pero Cristo las ganó para nosotros. Para eso Jesús se encarnó como un bebé (lo que celebramos en navidad), para ser el Cordero de Dios. Cristo fue manifestado como Cordero de Dios en su bautismo. Celebramos su manifestación (Epifanía) recordando el testimonio que Dios ha dado de Cristo y que ahora, por su gracia, es dado de nosotros. En gratitud vamos a querer escuchar a Dios solamente a través de su palabra revelada, la Biblia y confiar en solo en lo que Cristo hizo para salvarnos.

Oración:

Señor, en gratitud a tu amor incondicional, por el que me has hecho parte del reino de Jesucristo, quiero vivir en obediencia a él. Concédeme, te suplico, temer y amar a Dios, de modo que no desprecie tu palabra, ni la prédica de ella; sino que la considere santa, la oiga, aprenda y la obedezca de buena voluntad. Amén.

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