(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Samuel 6, Lucas 23:1–5)

EL HOMBRE DE GALILEA

Entonces Pilato declaró a los jefes de los sacerdotes y a la multitud:
—No encuentro que este hombre sea culpable de nada.
Pero ellos insistían:
—Con sus enseñanzas agita al pueblo por toda Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí.

—Lucas 23:4–5

Poncio Pilato, el gobernador de las provincias de Judea y Samaria entre los años 26–36 d.C., fue el juez ante quien los principales líderes judíos acusaron a Cristo exigiendo sentencia de muerte. Pilato cometió una gran injusticia al facilitar la crucifixión de Jesucristo ¿Cómo así?

Los jueces son conscientes de la imperfección humana y que no es fácil determinar, con certeza absoluta, la culpabilidad o inocencia de los acusados. Principios como «El acusado es inocente hasta que se demuestre lo contrario», o «El juicio falla a favor de…», se aplican con el fin de obrar de la mejor manera posible. Al dictar la sentencia, el juez afirma que «falla a favor de…», en el entendido de que tal sentencia puede ser un fallo. Ante Pilato los acusadores de Jesucristo presentaron tres cargos: 1) Amotinar a la nación; 2) oponerse al pago de impuestos al César; 3) afirmar que es un rey. Tras examinar el caso Pilato dijo: «No encuentro que este hombre sea culpable de nada.» (Lucas 23:4). Sí, sin duda alguna, Cristo no era culpable de ningún delito. Pero en lugar de dejarlo libre, Pilato cedió a la presión de la multitud que exigía crucifixión. Así Pilato se hizo cómplice de este crimen por temor a perder su cargo y privilegios, los cuales amó más que a Dios y a su prójimo. Como ser humano, debió haber defendido al inocente. Como juez debió aplicar la justicia. No lo hizo y por eso deberá dar cuentas ante el juez eterno en el juicio final «Absolver al culpable y condenar al inocente son dos cosas que el SEÑOR aborrece.» (Proverbios 17:15).

Dejamos de hacer lo correcto por temor a ser perjudicados es un pecado de idolatría pues nuestra confianza reposa en nosotros y lo que tememos perder. Por este pecado merecemos toda la ira de Dios. Solamente somos perdonados gracias a que Cristo, nuestro salvador y sustituto, obedeció perfectamente la voluntad de Dios y fue a la cruz para pagar nuestro pecado. En gratitud por ello vamos a querer temer y amar a Dios y confiar en él sobre todas las cosas.

Oración:

Señor, tu Hijo Jesucristo cumplió la ley en lugar mío y con su sacrificio en la cruz pagó por mis pecados como mi sustituto. Por esos mismos méritos, he sido perdonado. En gratitud quiero confiar sólo en sus méritos para estar a cuentas contigo y vivir una vida santa guiado por tu ley moral, mientras anuncio la salvación gratuita esperando tu venida, concédeme alcanzarlo. Amén.

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