(Lectura de la Biblia en tres años: Levítico 25:35–55, Marcos 4:26–32)

EL QUE ES FIEL CON LO POCO ES FIEL CON LO MUCHO

El que es honrado en lo poco, también lo será en lo mucho; y el que no es íntegro en lo poco, tampoco lo será en lo mucho. Por eso, si ustedes no han sido honrados en el uso de las riquezas mundanas, ¿quién les confiará las verdaderas? Y si con lo ajeno no han sido honrados, ¿quién les dará a ustedes lo que les pertenece?

—Lucas 16:10–12

«¡No hay cielo, ni infierno! ¡Esta vida es el infierno!», afirman muchos. Pero, ¿Será verdad que esta vida es el infierno? La Palabra de Dios enseña que la vida del creyente, aquí en la tierra, no está exenta de sufrimiento (2 Timoteo 3:12; Hechos 14:22). Ese sufrimiento es el único infierno que los salvados por Cristo experimentarán (Apocalipsis 7:16,18). También, es el único paraíso que disfrutarán los que se pierden (2 Tesalonicenses 1:9; Mateo 10:15).

Todo lo que los seres humanos poseemos es propiedad de Dios (Salmo 24:1; Deuteronomio 8:17,18; Santiago 1:17). Él no quiere que derrochemos esos bienes al usarlos a nuestro antojo. Tampoco quiere que los retengamos para acumularlos. Cada ser humano es mayordomo de los bienes que el Señor le ha concedido. Esta vida es la única oportunidad de obrar el bien al trabajar para el sostén de nuestras familias, socorrer al desvalido, ayudar al necesitado, apoyar el avance del evangelio, contribuir al uso responsable de los recursos naturales que Dios nos brinda, y construir un entorno de paz para el bien de nuestros prójimos. Por otra parte, El Señor quiere que administremos sus bienes dando el uso que Él ha ordenado. Nosotros, los creyentes, muchas veces hemos fallado en administrar los bienes de Dios. No lo hicimos perfectamente y, a veces, ni lo hicimos. La Biblia dice: «comete pecado todo el que sabe hacer el bien y no lo hace.». El pecado de omisión nos hace transgresores de toda la Ley (Santiago 4:17; 2:10). Por tanto merecemos toda la ira de Dios. Solo gracias a Jesucristo, que, como sustituto nuestro, cumplió perfectamente la voluntad de Dios y murió en lugar de nosotros, somos perdonados y contados como justos (Mateo 3:17 cf. Romanos 5:19; 1 Juan 2:2). En gratitud, vamos a querer ser fieles administradores de los bienes terrestres que nos han sido encomendados y decir: «Somos siervos inútiles; no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber» (Lucas 17:10).

Oración:

Que mi vida entera esté consagrada a Ti, Señor. Que a mis manos pueda guiar el impulso de tu amor. Que mis pies tan sólo en pos de lo santo puedan ir: y que a Ti, Señor, mi voz se complazca en bendecir. Que mis labios al hablar, hablen sólo de tu amor. Que mis bienes dedicar yo los quiera a Ti, Señor. Que mi tiempo todo esté consagrado a tu loor. Que mi mente y su poder sean usados en tu honor. Toma, ¡oh Dios!, mi voluntad, y hazla tuya nada más; Toma, sí, mi corazón y tu trono en él tendrás. Amén. (CC255)

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