(Lectura de la Biblia en tres años: Levítico 6:8–30, Mateo 26:69–75)

¿POR QUÉ FALLÉ?

Entonces Pedro se acordó de lo que Jesús había dicho: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y saliendo de allí, lloró amargamente.

—Mateo 26:75

¿Ha hecho un sincero esfuerzo por no pecar y ha fallado? Yo sí, y muchas veces. El sentimiento de dolor y frustración al caer en pecado no solamente es grande, puede llegar a ser desesperante especialmente cuando el pecado cometido es uno de los que más aborrecimos. He llegado a pensar que lo mejor sería no seguir siendo cristiano antes que ser un mal cristiano ¿Por qué fallamos?

La palabra hebrea que más se traduce pecado es «jattá», junto a su equivalente griega «hamartía» significan básicamente «errar el blanco, fallar». Pero el pecado es más que solo fallar. Además ser «transgresión de la voluntad de Dios», el pecado es una actitud que forma parte de nuestra naturaleza humana caída. Por esa razón, no importando cuánto nos esforcemos por no pecar, fracasaremos. No somos capaces de ser buenos por nosotros mismos. Al igual que Pedro, el apóstol Pablo aprendió esto por experiencia propia: «Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.» (Romanos 7:18,19). ¿Significa eso que irremediablemente fracasaremos en nuestro propósito de ya no pecar y vivir irreprensibles? ¡No! Jesucristo les enseñó a Pedro y sus otros discípulos a orar pidiendo no caer en tentación: «Velen y oren para que no entren en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil» (Mateo 26:41; 6:13). Sólo Dios puede guardarnos de caer en la tentación (Judas 24) y lo hace con el poder de su Palabra. El evangelio que nos es suministrado en los medios de gracia es el poder de Dios que nos afirmará en la verdadera fe y nos dará la victoria frente a la tentación. Tanto al ser predicado en estudios y sermones, como al ser administrado en el bautismo y la santa cena, ese evangelio nos limpia. Esa palabra nos fortalece en la fe y como resultado aflora en nosotros la gratitud que nos motiva a vivir santamente.

Oración:

Señor, solo merezco la condenación eterna. Pero gracias a tu bondad y misericordia, quisiste enviar a tu Hijo como nuestro sustituto de tal manera que por sus méritos ahora somos declarados justos. En gratitud, te suplico me concedas, por el poder del evangelio en los medios de gracia, vivir santa y piadosamente mientras espero la segunda venida de Jesucristo. Amén.

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