“Grandes cosas ha hecho en mí el Poderoso; ¡Santo es su nombre!” (Lucas 1:49)

MAGNIFIQUE AL SEÑOR POR LA SANTIDAD DE SU NOMBRE 

El nombre de Dios es santo. Ningún ángel puede hacer que el nombre de Dios sea más santo, y ningún diablo puede hacerlo impuro. Cuando oramos “santificado sea tu nombre”, pedimos que Dios nos ayude a reconocer la santidad de su nombre.

El Segundo Mandamiento nos pide que usemos el nombre de Dios debidamente, lo invoquemos en cada problema, orando, alabando y dando gracias a su nombre. También nos pide que no usemos el nombre de Dios para maldecir, para jurar, hechizar, mentir o engañar.

Dios tiene muchos nombres: Padre, Hijo, Espíritu Santo, Creador, Redentor, Santificador, Jehová y Señor, solo por mencionar algunos. En cada nombre que Dios se aplica, revela algo acerca de él. Un nombre en particular de Dios puede enfatizar su poder, su misericordia y su fidelidad o su justicia.

Pero Dios no se ha revelado a nosotros solo en los nombres con los cuales nos pide que nos dirijamos a él. Cuando María nos recuerda que el nombre de Dios es santo, no solo está diciendo que en cada nombre de Dios se revela perfectamente a nosotros, sino está hablando de todo lo que Dios nos ha revelado acerca de él en su Santa Palabra.

Podemos hablar de una persona y decir que tiene buena fama o mala fama. Con eso nos referimos a la reputación de una persona, que se basa en lo que sabemos, o pensamos que sabemos, de ella. Del mismo modo, la buena fama o el buen nombre de Dios depende de las Escrituras, que nos hablan de él. Su nombre y su palabra finalmente vienen a ser lo mismo. Por eso, Martín Lutero dice en el Catecismo Menor que el nombre de Dios es santificado cuando su palabra se enseña en su verdad y su pureza y cuando la creemos y la obedecemos.

“¡Santo es su nombre!” es más que solo una afirmación abstracta de la verdad. Es una forma breve y simple de decir que las Escrituras son perfectas, confiables, sin error. Es una forma de confesar que aceptamos la palabra de Dios en todas las cosas, que confiamos en sus promesas, que reconocemos nuestro deber de obedecer sus mandamientos.

Significa que no permitimos que la razón humana juzgue la palabra de Dios. La santidad de la palabra descarta todo esfuerzo de nuestra parte para explicar sus misterios.

Significa que tenemos la responsabilidad de proclamar la palabra de Dios al mundo sin disculpas ni reservas. ¡Cómo puede alguien atreverse a mejorar lo que es santo!

Oración:

Padre celestial, tu nombre es santo. Ayúdanos a mantenerlo santo. Amén.