“BRILLA, JESÚS, BRILLA”

Una vez más Jesús se dirigió a la gente, y les dijo: —Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. (Juan 8:12)

Las baterías están mejorando todo el tiempo; ya no se recalientan y duran más; pero, tarde o temprano, todas fallan, como ocurría cuando íbamos a acampar en el desierto y uno de los niños tenía que usar el baño: lo más seguro era que la linterna que estaba funcionando muy bien cuando nos metímos en los sacos de dormir, estaba muerta, y en medio de la oscuridad de la noche teníamos que ir a tientas hasta el baño primitivo.

No ocurre así con Jesús. Como un poderoso reflector, él penetra la densa oscuridad de medianoche del pecado, aparta a un lado el oscuro manto de la muerte y señala el camino al cielo, a través de las tinieblas de la tierra. Jesús no solo ilumina el camino, él es el camino. Con su muerte y su resurrección, él pagó los pecados de todos y ahora se levanta como una escalera bien iluminada al cielo. Jesús, por su obra redentora, es el láser que nos ilumina el camino a la eternidad. Jesús se revela en la Escritura como la luz perdurable de salvación para todos los tiempos.

Si algunas personas no tienen esa luz, no es porque él no esté brillando; si la luz es tenue, no es porque Jesús esté perdiendo su energía, sino porque nadie le ha hablado sobre él al pecador, o porque el pecador prefiere seguir tropezando en medio de la oscuridad, o ha ocultado la pura luz de Jesús con los harapos de sus propias obras.

Oración:

“¡Luz brillante, dulce y pura, la Palabra del Señor! De las almas la más dura salvará de grave error; ella a todos ilumina, instruyendo con bondad; nos concede Dios la dicha de saber su voluntad. (Culto Cristiano, 110:1)