LA CONFESIÓN DE NABUCODONOSOR

Pasado ese tiempo yo, Nabucodonosor, elevé los ojos al cielo, y recobré el juicio. Entonces alabé al Altísimo; honré y glorifiqué al que vive para siempre:

Su dominio es eterno; su reino permanece para siempre.

—Daniel 4:34

El primer día del mes de Elul (6 de septiembre) del año 605 a. C., Nabucodonosor II ascendió al trono del imperio Neo Babilónico fundado por Nabopolasar, su padre. En sus 43 años de reinado enfrentó exitosamente muchos conflictos bélicos. Además sobresalió por sus magnificas construcciones, entre las que destacan el zigurat y los célebres «Jardines Colgantes de Babilonia», una de las siete maravillas del mundo antiguo. Impresionado y soberbio por sus logros, Nabucodonosor llegó a exclamar: «¡Miren la gran Babilonia que he construido como capital del reino! ¡La he construido con mi gran poder, para mi propia honra!» (Daniel 4:30)

No había terminado de hablar cuando, desde el cielo, Dios lo condenó a vivir un buen tiempo como una bestia. Cuando el tiempo de su castigo concluyó pudo expresar las palabras del texto de la meditación de hoy. Lo primero que hizo Nabucodonosor, después de recobrar la cordura, fue reconocer la grandeza del Dios de Israel. En contraste con los gobernadores terrenales, que van y vienen, la soberanía de Dios es eterna. Comparadas con Dios, las naciones de la tierra, incluyendo Babilonia, nada son. Nadie puede detener la mano del Todopoderoso. Ni aun el rey más poderoso de la tierra puede interferir con los planes del Creador. Después que el rey recobró la salud, sus consejeros reales acudieron a él para consultarle y para pedirle consejos. Nabucodonosor fue restablecido en su trono y llegó a ser aún más poderoso que antes.

Aquí surge la pregunta: «¿La oración de Nabucodonosor es una prueba de que este rey pagano finalmente creyó en el verdadero Dios? ¿Acaso su humillante experiencia hizo de él un creyente?» Las palabras que dijo el rey en esta oración no indican que haya confiado en la misericordia de Dios, lo cual es la esencia misma de la fe salvadora. Reconocer la soberanía y declarar la justicia de Dios no es lo mismo que confiar en su misericordia para el perdón de los pecados. Así también hoy muchas personas confiesan que Cristo es el Señor, que Dios es soberano y todopoderoso, pero no evidencian confianza en su misericordia. (Mateo 7:21-23) Conocen a Cristo como sanador, obrador de milagros y portentos, pero no como su Salvador. No es extraño que no hayan sido salvados.

Oración:

Señor, confieso que tú eres el Soberano porque tu palabra lo enseña. Pero también que nada puedo yo hacer por mi salvación y que ella depende de tu misericordia y de los méritos de Jesucristo como mi doble sustituto. Mediante tus medios de gracia, te suplico me guardes en la verdadera fe. Amén. 

 

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