DESENCADENADO

Los sacó de las sombras tenebrosas y rompió en pedazos sus cadenas. Salmo 107:14

Cada eslabón era muy grande. Estábamos recorriendo el puerto en la estación naval de Norfolk en Virginia. Mientras pasábamos cerca de un destructor de los Estados Unidos, no pude dejar de notar la pesada cadena de su ancla.

El pecado es como la cadena de un ancla; cada pecado es un pesado eslabón de la cadena. Un solo eslabón ya es suficiente para anclarme, no al fondo del agua, sino a un infierno que no tiene fin. Sigo pecando cada día, añadiéndole más eslabones a mi cadena. Muchas veces ni siquiera siento el peso de mis pecados: pienso que puedo caminar con la cabeza en alto delante de Dios, y me engaño pensando que los eslabones del pecado están hechos de papel, en lugar de acero pesado. O me sumerjo en la desesperación cuando la cadena del pecado hace sentir su enorme peso en el cuello de mi alma y les produce fatiga a los hombros de mi vida. ¿Qué voy a hacer en esa situación? ¿Qué clase de cortador de pernos o de soplete de acetileno podré usar para cortar los eslabones y quitar de mí la pesada cadena del pecado? ¡Es algo que necesito saber!

El salmista responde: Jesús ya me ha librado de las cadenas del pecado; Dios lo envió a este mundo para liberarme de la desesperación de la culpa y de las tinieblas del infierno. En la cruz, él dijo sobre el pago de los pecados: “Todo está consumado”, y la pesada cadena del pecado con todos sus eslabones se hundió en el fondo del mar. Jesús se levantó de la tumba para proclamar que yo soy libre de la muerte, que es el castigo final por el pecado. ¡Desencadenado!, eso es lo que soy. Los buques navales siguen teniendo las cadenas de sus anclas, pero la cadena de mi pecado se ha ido.

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Oración:

Te doy gracias, Señor Jesús, porque me liberaste del peso de mis pecados y me diste la gloria del cielo. Amén.