¿QUIÉN ES EL PREDICADOR?

Entonces Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida.” Juan 11:25

En mi experiencia, el texto más frecuentemente solicitado para un sermón fúnebre es el Salmo 23. Muy cerca, en el segundo lugar están los versículos 25 y 26 del capítulo 11 de Juan. Alguien dijo una vez que esas palabras son el mejor sermón fúnebre que se haya predicado. ¿Por qué? ¡Por el predicador! Normalmente, lo que importa no es el predicador sino su mensaje, pero hay una gran diferencia con el sermón fúnebre en el capítulo 11 de Juan. Será siempre el mejor porque su predicador fue también el mensaje. “Yo soy la resurrección y la vida,” le dijo Jesús a Marta, que estaba llorando ante la tumba de su amado hermano Lázaro. La muerte y la sepultura los habían reunido, pero Jesús predicó sobre la resurrección y la vida.

Note que él no trató de enjugar las lágrimas de María diciendo “Tengo la esperanza de que haya resurrección y vida,” sino que declaró sencilla y consoladoramente; “Yo soy la resurrección y la vida.” La resurrección y la vida están tan estrechamente vinculadas con él, que se identifica con sus nombres. Aparte de él, no es posible hallar esas preciosas realidades.

¿Por qué? Su cruz llena y su tumba vacía proclaman la respuesta. Él es resurrección y vida porque pagó todos los pecados y le quitó todos los dientes a la muerte. Porque resucitó de la tumba para demostrar que ella tampoco nos puede retener. Porque, cómo lo dice Pablo: “Cristo Jesús… destruyó la muerte y sacó a la luz la vida incorruptible mediante el evangelio (2 Timoteo 1:10). ¡Qué gran predicador! Y, por causa de él, ¡qué gran sermón!

Oración:

Resucitado Salvador, te pido que me recuerdes, mientras camino hacia la muerte, que tú eres mi resurrección y mi vida. Amén.