UNA MULTITUD VESTIDA DE TÚNICAS BLANCAS

Después de esto miré, y apareció una multitud tomada de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas; era tan grande que nadie podía contarla. Estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con ramas de palma en la mano.

—Apocalipsis 7:9

¿Quiénes van al cielo? Por lo general pensamos que los buenos van al cielo y los malos van al infierno. Pero la Biblia enseña que, desde la perspectiva de Dios no hay nadie que pueda ser calificado de bueno. Para que alguien merezca entrar al cielo, Dios exige que tal persona sea perfecta (Mateo 5:48; Romanos 3:10-12) Ni siquiera el que seamos menos malos que otros nos ayuda para merecer el cielo, pues está escrito: «Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:22-23, RV1960)

Si así es, entonces ¿quiénes son estos que el apóstol Juan vio en el cielo cuando le fue revelado el Apocalipsis? La respuesta no es tan difícil como pudiera parecer. En primer lugar notamos que están «delante del trono y del Cordero» y eso significa que están en el cielo. Lo segundo que notamos es que esta gran multitud, que no se puede contar, procede «de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas» y eso significa que son la respuesta a la promesa de Dios hecha al patriarca Abraham, como lo explica el apóstol Pablo: «Por lo tanto, sepan que los descendientes de Abraham son aquellos que viven por la fe. En efecto, la Escritura, habiendo previsto que Dios justificaría por la fe a las naciones, anunció de antemano el evangelio a Abraham: “Por medio de ti serán bendecidas todas las naciones.” Así que los que viven por la fe son bendecidos junto con Abraham, el hombre de fe.» (Gálatas 3:7-9) Toda esa multitud son los pecadores arrepentidos que, mediante la sola fe, han sido salvados por los méritos de Jesucristo. Lo tercero que notamos es que están vestidos de ropas blancas. Por el contexto inmediato sabemos que son los que «han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero». Por eso no sorprende que ellos, en su canto de alabanza, digan: «¡La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!» (Apocalipsis 7:10,13-14) Esta multitud no fue al cielo por sus propios meritos o por haber sufrido el martirio o la persecución. Están allá únicamente por los méritos del Cordero de Dios. Jesucristo obedeció perfectamente la voluntad de Dios en lugar de ellos y, como sustituto suyo, sufrió toda la ira de Dios que ellos merecían por sus pecados. ¿Esto se aplica también para ti y para mí?

 

Oración:

Señor, reconozco que soy pecador y no merezco llegar al cielo. Lo que sí merezco es toda tu ira por la eternidad. Pero gracias a la obediencia perfecta y a la muerte vicaria de tu Hijo Jesucristo he sido vestido con su justicia perfecta de modo que tengo libre entrada a tu presencia para confesar «¡La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!». Amén.

 

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