LA ORACIÓN DE NEHEMÍAS

Señor, Dios del cielo, grande y temible, que cumples el pacto y eres fiel con los que te aman y obedecen tus mandamientos, te suplico que me prestes atención, que fijes tus ojos en este siervo tuyo que día y noche ora en favor de tu pueblo Israel. Confieso que los israelitas, entre los cuales estamos incluidos mi familia y yo, hemos pecado contra ti. Te hemos ofendido y nos hemos corrompido mucho; hemos desobedecido los mandamientos, preceptos y decretos que tú mismo diste a tu siervo Moisés.

— Nehemías 1: 5-7

Esta oración, con la que Nehemías intercede por su pueblo, nos dice mucho acerca de este siervo de Dios. Pero también nos revela mucho acerca de Dios. Él es el Dios de poder, que gobierna y controla todo. El Señor también es maravilloso en su santidad. Israel no prestó atención a las advertencias divinas hacia el pecado y por eso sufrió la destrucción y el exilio.

Han transcurrido cerca de 2,500 años desde la época de Nehemías, pero Dios no ha cambiado y nunca lo hará. Él sigue siendo santo y temible; todavía amenaza a los que desprecian su palabra. “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10:26–31), porque “nuestro Dios es un fuego consumidor” (Hebreos 12:29). Debemos tomar en serio la advertencia, para que no repitamos la ingratitud ni la desobediencia de Israel.

Dios quiere que seamos agradecidos y no ingratos y esa es su voluntad para los creyentes. Sin embargo, a causa de nuestro pecado, no obedecemos esa voluntad y si lo hacemos no lo hacemos con la perfección que Dios exige. Por esto merecemos toda la ira de Dios. Pero, Dios es fiel a su pacto de amor. Él hizo una promesa, un compromiso: el de perdonar nuestros pecados «Éste es el pacto que después de aquel tiempo haré con el pueblo de Israel —afirma el Señor—: […] Yo les perdonaré su iniquidad, y nunca más me acordaré de sus pecados» (Jeremías 31:33–34). Dios nunca quebrantará esta promesa; nos la garantiza en su fidelidad y en la obra que Cristo llevó a cabo al ser nuestro doble sustituto. Jesucristo obedeció perfectamente la voluntad divina y lo acreditó a nuestra cuenta y también murió, en la cruz, padeciendo el castigo por nuestro pecado en gratitud por tal amor, vamos a querer obedecer su voluntad divina.

Señor, Dios del cielo, grande y temible, que cumples el pacto y eres fiel con los que te aman y obedecen tus mandamientos: Hemos pecado, nosotros y nuestro pueblo, al seguir la voluntad de nuestra carne, de nuestros ojos y de la vanagloria de la vida. Nada podemos hacer para retornar el tiempo. Pero sí queremos vivir en gratitud por tu salvación gratuita que hiciste disponible para la humanidad por medio de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.

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