RIQUEZAS PARA DISFRUTAR

Nada trajimos a este mundo, y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores.

– 1 Timoteo 6:7-10

Cierto predicador desafió a su audiencia con estas palabras: «Reclama riquezas a Dios, cuantos más ceros a la derecha tenga la cifra que exiges más fe demuestras tener». Si remplazamos la palabra fe por codicia las palabras del predicador muestran su verdadero significado. Hay dos extremos muy dañinos entre la gente que profesa ser cristiana: Enseñar que las riquezas materiales son evidencia de verdadera fe, y por eso procurar ser cada vez más ricos; o enseñar que con ser pobres ya agradamos a Dios.

Ni la riqueza ni la pobreza nos ponen a cuentas con Dios, y ambas pueden ser una piedra de tropiezo para el creyente. El sabio Agur oró así «No me des pobreza ni riquezas sino sólo el pan de cada día. Porque teniendo mucho, podría desconocerte y decir: “¿Y quién es el Señor?” Y teniendo poco, podría llegar a robar y deshonrar así el nombre de mi Dios» (Proverbios 30:8-9). También Jesucristo enseñó a pedir «el pan de cada día» lo que implica confiar en Dios para el sustento diario y no en los bienes que uno posee.

El problema no está en las riquezas, de ahí que ser rico no es necesariamente malo. Pablo no dice que las riquezas sean malas o que el dinero sea malo. Él dice que «el amor al dinero es la raíz de toda clase de males». No es el dinero, sino el amor al dinero. El amor al dinero se traduce en confianza en los bienes materiales antes que en Dios. La codicia o amor al dinero es un pecado contra el primer mandamiento. Mucha gente ora pidiendo a Dios riquezas para poder extender el evangelio. Eso es confiar en esa riqueza y no en Dios para alcanzar el propósito de evangelizar. Cristo predicó contra el amor al dinero (Mateo 6:24-34). Dios odia el amor al dinero y está enojado con quienes lo practican (1 Corintios 6:9-10). Necesitamos reconocer que los pobres también pueden amar el dinero y que nosotros, debido a nuestra imperfección, también somos culpables por este pecado.

Cristo amó perfectamente a Dios en lugar de nosotros y sufrió el castigo eterno que merecemos por este pecado. Ahora en gratitud nosotros queremos amar a Dios antes que las riquezas y confiar en él por encima de todo. Queremos usar las riquezas que Dios nos da disfrutándolas, no para presumirlas, ni para oprimir al prójimo, y sí para compartirlas con quienes las necesitan.

Oración:

Señor, gracias te doy por las riquezas que me das. Ilumíname con tu Palabra para así ser un buen administrador de ellas y vivir contento con lo que provees. Amén.