EL CETRO DE JUDÁ

Mi hijo Judá es como un cachorro de león que se ha nutrido de la presa. Se tiende al acecho como león, como leona que nadie se atreve a molestar. El cetro no se apartará de Judá, ni de entre sus pies el bastón de mando, hasta que llegue el verdadero rey, quien merece la obediencia de los pueblos.

– Génesis 49:9-10

¿Tuvo oportunidad de contemplar un león de cerca? ¡Realmente es un animal impresionante! Su andar es de paso firme y majestuoso, su fuerza es proverbial. (Jueces 14:18; Proverbios 30.28 30: 29,30). El patriarca Jacob, nieto de Abraham y padre de las doce tribus de Israel, al dar su última bendición a sus doce hijos dijo las palabras de la meditación de hoy. En esa bendición, Jacob profetiza que el rey que Dios enviara como Salvador del mundo vendría de la tribu de Judá.

La profecía compara a Judá no con un león rampante, que siempre está apresando, siempre matando, sino con un joven león al acecho, agachado, satisfecho de su poder y de su éxito. El liderazgo de Israel quedaría en manos de Judá hasta la venida del Mesías. Desde los tiempos del Rey David hasta la deportación de Babilonia, el cetro estuvo en Judá. Posteriormente, los gobernadores de Judea eran de esta tribu o de los levitas asociados a esta tribu, hasta que Judea fue hecha provincia romana justamente al tiempo del nacimiento del Salvador, y así fue censada (Lucas 2:1).

En el juicio contra Cristo, los judíos confesaron y reconocieron explícitamente: «No tenemos más rey que el emperador romano» (Juan 19:15). Pero el ángel dijo a la virgen «Quedarás encinta y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Él será un gran hombre, y lo llamarán Hijo del Altísimo. Dios el Señor le dará el trono de su padre David, y reinará sobre el pueblo de Jacob para siempre. Su reinado no tendrá fin» (Lucas 1:31-33). Jesucristo, el gran descendiente de Judá, es el único a quien le pertenece el cetro real. Su reinado es universal y grandioso, «y él reinará por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 11:15).

Jesucristo, el gran descendiente de Judá, no solo es el rey de un pueblo. Es el rey de todo el universo. Los judíos lo rechazaron. Rechazar a Cristo es rechazar a Dios. Somos culpables de este pecado contra el Primer Mandamiento cuando Jesucristo no tiene el primer lugar en nuestras vidas. Él, como nuestro doble sustituto cumplió perfectamente todos los mandamientos en lugar nuestro y dio su vida en pago por nuestros pecados. En gratitud vamos a querer que él tenga el primer lugar en nuestras vidas.

Oración:

Señor Jesucristo, León de Judá, reina tú en mi corazón y en mi vida. Amén

Meditaciones son presentadas por Publicaciones Multilingües-WELS y www.CristoPalabraDeVida.com.

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