(Lectura de la Biblia en tres años: Éxodo 25:10–30, Mateo 22:23–33)

¿CON QUÉ LIMPIARÁ EL JOVEN SU CAMINO?

¿Con qué limpiará el joven su camino?
¡Con guardar tu palabra!
Con todo mi corazón te he buscado; no me dejes desviar de tus mandamientos.
En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.

—Salmos 119:9-11, Reina Valera 1995

Cuando escuchamos las buenas noticias de salvación es natural que la alegría llene nuestros corazones y que nuestra mente se llene de buenos pensamientos y el querer vivir santamente. Sin embargo, cuando después caemos en pecado, descubrimos que no somos perfectos y llegamos a sentirnos muy sucios de manera que ni siquiera nos atrevemos a buscar al Señor. Pensamos que él ya no querrá recibirnos y con tal idea no sorprende que pensemos en maneras de remediar el problema.

A través de la historia, algunos se han auto asignado castigos y exigencias con la esperanza de poder alcanzar la pureza y limpiar su camino. El salmista nos revela que no son nuestros actos santos los que limpian nuestro camino. Así como la salvación (justificación por la sola fe) no se consigue con buenas obras, tampoco la pureza espiritual se alcanza por nuestra obra. El que lleguemos a ser santos es obra entera del Espíritu Santo. Pero el Espíritu Santo está vinculado de tal manera con la palabra que nunca obra sin ella. No son los ayunos ni las vigilias, sino la Palabra de Dios la que obra en el creyente. Con la ley moral, el Espíritu Santo nos muestra cuál es la magnitud de nuestro pecado y con el evangelio nos limpia del mismo. La noción de que la Palabra es la que nos limpia recorre toda la Biblia: Jesús les dijo a sus discípulos: «Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.» (Juan 15:3). Pablo enseñó que «Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviera mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa y sin mancha.» (Efesios 5:25-27). Jesús mismo escogió usar el agua natural para unirla a su palabra de manera que nos sirva para entender que es su evangelio el que nos limpia. De modo que tanto al ser predicado en estudios y sermones como al ser administrado en el bautismo y la santa cena, ese evangelio nos limpia. Esa palabra nos fortalece en la fe y como resultado aflora en nosotros la gratitud que nos motiva a vivir santamente.

Oración:

Gracias Señor te doy por tu gran misericordia y por tu amor que no merezco, pues me salvaste y me atribuiste los méritos de Jesucristo. Concédeme temerte y amarte a Dios, de modo que en gratitud quiera vivir santamente esperando la segunda venida y el gozo eterno. Amén.

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