EL LAVAMIENTO DE LA REGENERACIÓN

[Dios] nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo.

– Tito 3:5

Un químico, amigo mío, desayunaba conmigo cuando accidentalmente salpiqué mi camisa con café. Inmediatamente mojó una tela y me indicó cómo limpiar las manchas. Todas desaparecieron fácilmente. Le pregunté: ¿Cómo sabías que resultaría? Él me respondió: «El agua es el solvente universal, usualmente los aviones son lavados con solo agua y quedan bien limpios».

El evangelio es como el agua, pues tiene el poder de limpiar. El apóstol Pablo nos dice que «Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra» (Efesios 5:25-26). Esta palabra que purifica no es otra que el evangelio «pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen» (Romanos 1:16). Esa palabra poderosa unida con agua en nuestro bautismo fue el medio por el cual Dios extendió su gracia hacia nosotros. En el bautismo recibimos el nuevo nacimiento obrado por el Espíritu Santo y también el perdón de pecados que Jesús ganó para nosotros en la cruz.

Martín Lutero, en el Catecismo Menor, pregunta: «¿Cómo puede el agua hacer cosas tan grandes?» El agua, aunque sirve para limpiar muchas cosas materiales, en cuanto a los asuntos espirituales no tiene ningún poder. Por eso Lutero escribe: «Ciertamente no es el agua la que hace estas cosas, sino la palabra de Dios que está en y con el agua y la fe que confía en esta palabra usada con el agua. Porque sin la palabra de Dios el agua es simple agua y no bautismo. Pero con esta palabra de Dios es bautismo; es decir, un agua llena de gracia y de vida y un lavamiento de regeneración por medio del Espíritu Santo.»

El apóstol Pablo llama «el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo» al nuevo nacimiento que recibimos en el bautismo. La palabra «regeneración» solo aparece dos veces en toda la Biblia, y aquí se refiere al cambio que Dios obra en el ser humano cuando se lo bautiza. El Espíritu Santo extirpa la incredulidad y el orgullo pecaminoso del corazón del hombre y le inserta fe salvadora para que pueda ser creyente. Como descendientes de Adán hemos heredado un corazón incrédulo y pecaminoso. Si alguno cree en Dios es sólo por obra del Espíritu Santo (2 Tesalonicenses 3:2; Romanos 10:17).

Oración:

Bendito Dios, te doy gracias porque, cuando mi corazón era todavía incrédulo, enviaste tu Espíritu Santo para extirpar mi incredulidad y darme el don de la fe y así ser creyente. Amén.