EL CORAZÓN ES ENGAÑOSO

Nada hay tan engañoso como el corazón.

No tiene remedio.

¿Quién puede comprenderlo?

«Yo, el Señor, sondeo el corazón

y examino los pensamientos,

para darle a cada uno según sus acciones

y según el fruto de sus obras.»

—Jeremías 17:9,10

En algunos países a los ladrones les cortan las manos ¿dejan de robar? No, porque las manos no son el problema. Ellas son solo el instrumento del ladrón. El problema del robo o del cualquier otro pecado está profundamente enraizado en el corazón del hombre. Jesucristo dijo que del corazón salen todas las maldades (Mateo 15:19,20) Cambiar la conducta externa no nos hace buenos. Sólo transformando el corazón, el ser interior, puede haber esperanza de verdadero cambio.

En nuestro corazón habita el orgullo pecaminoso que nos hace pensar que no somos tan malos. Sin la revelación de las Escrituras nunca podríamos saber que en realidad somos malos. Martín Lutero escribió: «Este pecado original es una corrupción tan profunda y perniciosa de la naturaleza humana que ninguna razón la puede comprender, sino que tiene que ser creída basándose en la revelación de la Escritura […]» (Artículos de Esmalcalda 3:3, pág. 312). Pero Jeremías nos muestra que Dios sí conoce nuestro corazón y que nos juzgará según lo que hay en el corazón y por la conducta y por las obras que produce. (1 Samuel 16:7; Hebreos 4:12) ¿Quién podrá salir inocente en ese juicio? Ninguno de nosotros, pues todos somos pecadores.

Sólo por causa de la vida perfecta y la muerte inocente de Cristo, ofrecida como un manto para cubrir nuestro malvado corazón, podremos nos presentar frente al Dios omnisciente y salir victoriosos. Sólo los méritos de la justicia perfecta de Cristo y su sacrificio expiatorio pueden ponernos en buenas cuentas con Dios. Cuando estas verdades son sembradas en el corazón del pecador entonces sucede la transformación y pasa de ser un incrédulo a ser un creyente.

Confiar en nuestro pecaminoso corazón nada bueno consigue, pues el corazón es muy engañoso.

Oración:

Bendito Dios, te doy gracias porque, cuando mi corazón era todavía incrédulo, enviaste tu Espíritu Santo para extirpar mi incredulidad y darme el don de la fe y así ser creyente. Amén.  

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Meditaciones son presentadas por Publicaciones Multilingües-WELS y www.CristoPalabraDeVida.com.

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