(Lectura de la Biblia en tres años: Josué 15:13–32, Lucas 8:26–31)

DICHOSOS LOS QUE ANDAN CONFORME A LA LEY DEL SEÑOR

Dichosos los que van por caminos perfectos,
los que andan conforme a la ley del SEÑOR.

—Salmo 119:1

¿Es usted feliz? La búsqueda de la felicidad ha inquieta a muchas personas a lo largo del tiempo. Sin embargo esta búsqueda puede resultar frustrante sino se tiene claro qué es la felicidad. Según el texto que hoy meditamos son felices los que van por caminos perfectos, los que andan conforme a la ley del SEÑOR ¿Será que existe alguno que encaje en la descripción?

Dios mismo declara que quien obedece su voluntad perfectamente será bienaventurado, feliz, dichoso. Pero, lastimosamente, ninguno de nosotros puede obedecer perfectamente como lo exige el Señor: «sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto.» (Mateo 5:48). Pablo confesó: «Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.» (Romanos 7:18-19) Tenemos una naturaleza pecaminosa que nos empuja hacía el pecado y contamina todo lo que hacemos como obra buena. Por eso pecamos. No somos pecadores porque hayamos pecado. Pecamos porque somos pecadores por naturaleza. David confeso: «En verdad, soy malo desde que nací; soy pecador desde el seno de mi madre.» (Salmo 51:5, DHH). Nacemos mereciendo toda la ira de Dios. Por tanto, nada que hagamos será bueno realmente, porque carecerá de perfección. Nuestra conducta y buenas obras no pueden agradar a Dios pues Él solo acepta lo perfecto.

Pero hay una buena noticia: Cristo, perfecto y sin pecado vivió 33 años obedeciendo perfectamente la voluntad divina. Dios mismo dio testimonio de eso cuando dijo: «Tú eres mi Hijo amado; estoy muy complacido contigo.» (Lucas 3:22). Más tarde fue a la cruz a pagar nuestra condena para salvarnos. Así, Cristo nos salvó. Cristo ganó la salvación para todos y ninguno está excluido a menos que se excluya por sí mismo (2 Corintios 5:14–15; 1 Timoteo 2:4–6). Por sus méritos, Dios nos ve como justos, íntegros y perfectos. Es solo gracias a Cristo que podemos decir: «soy feliz, porque por los méritos de Cristo soy grato a Dios». Somos salvos por su misericordia y gracias a esos méritos. En gratitud vamos a querer temer y amar a Dios, de modo que no despreciemos su palabra ni la prédica de ella; y querer considerarla santa, la oírla y aprenderla de buena voluntad.

Oración:

Señor, en gratitud a tu amor incondicional, por el que me has hecho parte del reino de Jesucristo, quiero vivir en obediencia a él. Concédeme, te suplico, temer y amar a Dios, de modo que no desprecie tu palabra, ni la prédica de ella; sino que la considere santa, la oiga, aprenda y la obedezca de buena voluntad. Amén.

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