ÉL LLEVÓ LA CARGA

Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. Isaías 53:6

“Aquí, papá, permíteme cargar eso por ti”, dijo mi robusto hijo de casi dos metros de alto. Yo había llegado a la casa con el carro completamente cargado de madera para un proyecto, y mientras me rascaba la cabeza preguntándome cómo iba a descargar todo eso, intervino mi hijo.

¡Cuán grande carga apilé para que la llevara el Hijo de Dios! Cuando Isaías escribe: “cada uno seguía su propio camino” no está haciendo un elogio: esas palabras están cargadas de juicio. Mi camino no era el camino de Dios; no era el camino que lleva a él, sino el que aparta de él. Como una oveja estúpida, yo me desvié, a veces por negligencia, muchas veces a propósito, a sendas llenas de zarzas de pecado. En mi necedad, ni siquiera me detuve a pensar en lo que estaba haciendo y en el castigo que estaba mereciendo. Engañándome a mí mismo, seguí en ese camino, vagando sin rumbo en mi propio camino pecaminoso, como si la vida no llegara a un fin y el pecado no importara.

Pero entonces Dios envió a su Hijo a llevar esa carga en mi lugar. No de casi dos metros de alto, sino el todopoderoso y amoroso Jesús, dijo: “Hazte a un lado y deja que yo tome tu lugar”. Sus hombros eran suficientemente anchos para llevar el peso del pecado; su sangre tenía el valor suficiente para pagar el precio del pecado. Su resurrección fue la prueba suficiente de que mi culpa se había ido. No más rascarme la cabeza en desesperación cuando miro la pesada madera de mis pecados; Jesús la ha descargado para siempre.

Oración:

Señor, te doy gracias porque yo, que era una oveja perdida, puedo decir: “El Salvador murió por mí”. Amén.