MEDITANDO AL CAER LA TARDE

Había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde.

– Génesis 24:63 (Reina-Valera 1995)

El crepúsculo vespertino, ese espacio de tiempo en el que la tarde termina e inicia la noche, se destaca por hermosas vistas del cielo que invitan a la reflexión profunda. Desde tiempos antiguos los seres humanos acostumbraron meditar acerca de los grandes interrogantes de la vida o de los acontecimientos cotidianos. Aunque no sabemos en qué meditaba Isaac aquella tarde, sí sabemos que muchos creyentes, a lo largo de los siglos han usado ese tiempo para meditar la Palabra de Dios. ¿Cuándo fue la última vez que usted meditó la Palabra de Dios al finalizar la tarde?

En el pasado, cuando la vida cotidiana no era tan ajetreada como lo es en la actualidad, los templos de las iglesias tenían cultos diarios. Era usual celebrar un culto breve al iniciar cada día denominado «maitines», y también otro al finalizar la tarde que se llama «víspera». Tales reuniones eran muy apropiadas para dedicar la mente y el corazón a la meditación de la Palabra de Dios. Hoy, en la mayoría de los países latinoamericanos ya no son celebrados estos cultos diarios. Sin embargo, todavía hay oportunidad para meditar la Palabra de Dios. Puede emplearse el tiempo que usamos retornando a casa desde el trabajo para meditar en el sermón del domingo anterior o en una lectura de la Biblia. Incluso estas meditaciones diarias que recibimos cada día pueden servir de base para nuestra meditación. Si dedicamos unos cinco minutos a la lectura devocional, otros cinco minutos para reflexionar lo leído y cinco más para oración no necesitaremos más de 15 minutos para dar un refrigerio a nuestras almas.

La Biblia muestra claramente que es la voluntad de Dios que los cristianos meditemos en su Palabra cada día (Salmos 1:2; Hechos 17:11; Filipenses 4:8). Como está escrito: «Es necesario que prestemos más atención a lo que hemos oído, no sea que perdamos el rumbo» (Hebreos 2:1). Pero nuestro viejo Adán se resiste a la voluntad de Dios. No meditar en la Palabra de Dios es menospreciarla, un pecado contra Dios mismo que puede resultar en la pérdida de la fe (Mateo 13:19). Quienes sí meditamos la Palabra de Dios también merecemos toda la ira de Dios igual que los que no la meditan porque, debido a nuestro viejo Adán, no lo hacemos perfectamente. Jesucristo vino para ser nuestro doble sustituto y apreció la Palabra de Dios perfectamente (Juan 15:10) en lugar de nosotros, como también recibió sobre sí toda la ira de Dios en castigo por nuestro pecado. En gratitud vamos a querer apreciar la Palabra de Dios meditándola diariamente.

Oración:

¡Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Jehová, roca mía y redentor mío! Amén. (Salmo 19:14, RV1995)