… porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. 

—1 de Timoteo 6:7

Hoy día, la gente se preocupa por acumular riquezas en esta tierra.  Desean tener poder y larga vida y esto ha llevado a muchas personas a destruir sus vidas y sus familias por perseguir riquezas que muchas veces ni siquiera ellos mismos las disfrutan. Presiones que muchas personas toman para acumular riquezas no siempre son las más correctas y terminan en la cárcel o en el cementerio.
Entonces, ¿Podemos decir que son malas las riquezas?  La respuesta es, no.
Es la codicia y la avaricia que lleva a terminar nuestro deseos en un fin trágico. Por eso, debemos mirar las riquezas como algo que Dios nos ha dado para administrar.  Debemos saber que un día, Dios puede decidir que ya no somos más administradores de sus bienes, sea por que una tragedia o catástrofe en el mundo o tengamos que partir de este mundo y dejarlas.  Cuando esto está claro en mi vida, no me preocuparé por acumular riquezas, sino en cómo las administro, sabiendo que no son mías sino de Dios, y que Él es el que las cuida. Pensar así, sería una buena forma de guardar mi corazón de la avaricia y llevarme a vivir con la tranquilidad de que, el día que parta de este mundo, no tendré que sentir tristezas por las riquezas que dejó atrás, pues Dios, que es El administrador  de ellas, las seguirá cuidando.
Por eso, Dios quiere que las riquezas nuestras no sean materiales sino espirituales, porque estas, sí, viajarán con nosotros a la eternidad. ¿Qué mejor riqueza hay, que saber que Dios ha perdonado mis pecado por Jesucristo quien pagó la culpa de mi pecado en la cruz? Esto es la riqueza más grande que un ser humano pueda recibir de parte de Dios. Por eso, debemos pedirle a Dios que nos haga buenos administradores de la vida eterna que nos ha regalado, y que la cuidemos y la valoremos como un administrado excelente.

Oración:

Amado padre celestial, te damos gracias por nuestro sustento diario y los bienes materiales que nos has permitido administrar.  Guárdanos de la codicia y la avaricia para que nuestros ojos no estén puestos en las riquezas de este mundo sino en las de la vida venidera.  Amén.

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