LA MISERICORDIA DE DIOS CON JONÁS

Entonces Jehová dio orden al pez, el cual vomitó a Jonás en tierra.

—Jonás 2:10, Reina Valera 1995

Mucha gente piensa que Dios automatizó tanto la creación, que después de terminarla no se ha involucrado con ella de ninguna manera más. La Biblia nos dice otra cosa. En el caso de Jonás el gran pez no lo vomitó por haber sido programado para eso. Lo hizo porque Dios mandó que lo hiciera. Dios todavía actúa en cada cosa que acontece en el universo. Jesucristo está involucrado activamente cada día y en todo momento gobernando el universo. Sólo la humanidad y los demonios ejercen resistencia a sus órdenes y sin embargo todo resulta de acuerdo a su voluntad.

La desobediencia a Dios es grave y las consecuencias son terribles. Jonás, por su desobediencia, merecía toda la ira de Dios. Pero fue llevado al arrepentimiento. Un arrepentido reconoce que merece la condenación. Cuando el Señor le perdonó, le atribuyó los méritos de Cristo, y aunque Jonás no pidió ser librado del pez, Dios mandó al pez vomitarlo pues su deuda estaba saldada. El arrepentimiento de Jonás es evidente, pues su oración es una acción de gracias por haber sido liberado del mar y haber sido perdonado de su pecado. El verdadero arrepentimiento tiene dos elementos indispensables. Uno es la contrición (corazón contrito) que es el genuino dolor y pesar por haber ofendido a Dios. El otro es la fe que confía en los méritos de Cristo para el perdón. Ninguno de estos dos elementos puede ser obrado por el ser humano. Ambos suceden únicamente por la obra del Espíritu Santo. Como está escrito: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados!» (Efesios 2:4-5). ¡Gracias sean a Él! Aun nuestra gratitud es obra de Dios: «El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y él por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.» (2 Corintios 5.14-15 RV95).

Señor, confieso que por mi propia razón o elección no puedo creer en Jesucristo, mi Señor, ni acercarme a él. Sino que el Espíritu Santo me ha llamado mediante el evangelio, me ha iluminado con sus dones, me ha santificado y guardado en la fe verdadera. De la misma manera llama, congrega, ilumina y santifica a toda la iglesia cristiana en la tierra, y en Jesucristo la conserva en la verdadera fe.

Oración:

En esta iglesia cristiana diaria y completamente él me perdona a mí y a todos los creyentes todos los pecados. Y en el último día me resucitará a mí y a todos los muertos. Y nos dará vida eterna a mí y a todos los que creen en Cristo. Esto es ciertamente la verdad. Amén

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