(Lectura de la Biblia en tres años: Génesis 9:1-17, Mateo 4:1-11)

EL DON DIVINO DE LA VIDA

Por cierto, de la sangre de ustedes yo habré de pedirles cuentas. A todos los animales y a todos los seres humanos les pediré cuentas de la vida de sus semejantes. Si alguien derrama la sangre de un ser humano, otro ser humano derramará la suya, porque el ser humano ha sido creado a imagen de Dios mismo.

—Génesis 9:5-6

¿Le gustaría escuchar la voz de Dios? La Biblia es la revelación de Dios para la humanidad. Eso significa que Dios mismo se da a conocer en las Santas Escrituras. La Palabra de Dios nos revela cómo es él, cuáles son sus propósitos y cómo estos llegan a realizarse. Dos son las enseñanzas principales que Dios da en su santa palabra: 1) la ley (es decir, la instrucción que nos enseña cómo quiere Dios que nosotros seamos y qué quiere que hagamos y qué cosas no debemos hacer); y 2) el evangelio (es decir, la buena noticia que nos dice qué es lo que Dios ha hecho para salvarnos de la condenación eterna. Una característica de la enseñanza de la ley es que ésta tiene exigencias, promesas condicionales y amenazas contra la desobediencia. Por otro lado, el evangelio no exige nada de nosotros, no tiene amenazas y sus promesas son incondicionales.

La ley nos dice cuáles son los valores que Dios quiere que tengamos. En el texto de hoy, Dios nos habla del don divino de la vida humana. El Señor, en los diez mandamientos, prohíbe el asesinato: «No asesinarás» (Éxodo 20:13, Biblia Textual). Con este mandamiento, Dios protege el don del cuerpo y de la vida que le da al hombre. Este tiempo de vida que Dios concede a cada ser humano en la tierra es la única oportunidad que tenemos para ser salvos de la condenación eterna, ya que una vez que la persona muere, es salva o se pierde para siempre. (Con la muerte finaliza nuestro tiempo de gracia, Hebreos 9:27). Pero no solo el homicidio o el asesinato atentan contra la vida humana. También lo hacen las agresiones verbales, las palabras y hechos que hieran el cuerpo de otra persona, o le acorten la vida y el odio mismo (Mateo 5:21,22; 1 Juan 3:15). Ninguno de nosotros somos inocentes de estos pecados. Por eso merecemos toda la ira de Dios (Gálatas 5:19-21. Jesucristo, como nuestro sustituto obedeció perfectamente este mandamiento y sufrió, por nosotros, el castigo que merecemos (1 Pedro 2:22-24). En gratitud vamos a querer cuidar la vida de nuestros prójimos socorriéndoles cuando lo necesitan y siendo pacientes, bondadosos y dispuestos a perdonar de corazón.

Oración:

Gracias Señor te doy por tu gran misericordia y por tu amor que no merezco, pues me salvaste y me atribuiste los méritos de Jesucristo. Concédeme temerte y amarte a Dios, de modo que no haga mal ni cause daño a mi prójimo en su cuerpo; sino que lo ayude y le sea útil en toda necesidad material.  Amén.  

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