“¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!” (Filipenses 4:13)

CRISTO DA FORTALEZA 

Qué audaces afirmaciones hicieron esos cristianos de los primeros tiempos. En Hechos capítulo 3, Pedro se dirigió al cojo de nacimiento que pedía limosna: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!” (versículo 6). Cuando la multitud fue corriendo a ver el milagro, Pedro predicó un poderoso sermón. Animó a la gente a ver en Jesús al Salvador prometido. Observe la audacia que había en sus palabras: “Porque Moisés dijo: ‘El Señor su Dios les levantará un profeta de entre sus hermanos, como me levantó a mí. Ustedes deben atender a todo lo que él les diga. Todo aquel que no escuche a ese profeta, será eliminado del pueblo” (Hechos 3:22,23). Esas eran palabras audaces, dichas con amor a los corazones endurecidos que necesitaban escucharlas.

No era fácil proclamar el evangelio en esos días. Los fariseos que acosaron a Jesús todavía estaban en Jerusalén para acosar a los discípulos. Parecían estar por todos lados, porque le seguían los pasos a Pablo a dondequiera que fuera. Pero Pablo podía alegrarse: “¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!”.

¡Qué ánimo e intrepidez mostraron esos cristianos mientras enfrentaban persecución, peligro y hasta la pérdida de sus vidas! ¡Si tan solo nosotros los cristianos pudiéramos hoy en día ser tan audaces!

¡Sí podemos! El Salvador que instruyó y animó a los cristianos de los primeros tiempos es el mismo todopoderoso Salvador que está con nosotros y nos anima en nuestra vida de fe. Él ha llenado su palabra de promesas, promesas que cumplirá. Considere estas promesas adicionales para su consuelo:

“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en todos los problemas” (Salmo 46:1).

“Así que mi Dios suplirá todo lo que les falte, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19).

“Dios es fiel y no permitirá que ustedes sean sometidos a una prueba más allá de lo que puedan resistir” (1 Corintios 10:13).

“No temas, Jacob, porque yo te redimí; yo te di tu nombre, Israel, y tú me perteneces” (Isaías 43:1).

“Y yo estaré con ustedes todos los días” (Mateo 28:20).

Una promesa tras otra. ¡Todas ellas firmes y verdaderas! El Rey de los cielos y la tierra, nuestro Señor y Salvador, respalda todas esas promesas.

No importa la seriedad del pecado, no importa lo desconcertante del problema, no importa que el desafío sea desalentador, no importa que la tentación sea seductora, no importa que los días sean sombríos, en Cristo podemos decir: “¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!”.

Oración:

Señor Jesús, ayúdanos a depender de tu fortaleza en cada circunstancia de la vida todos los días. Tus promesas poderosas nos sustentan. Guíanos para que nos aferremos a ellas por medio de tu palabra. Amén.