DISFRUTANDO EL SER BIENAVENTURADOS

Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado, sino que en la ley de Jehová está su delicia y en su Ley medita de día y de noche.

— Salmo 1:1-2, Reina Valera 1995

¿Alguna vez ha buscado alcanzar la felicidad? Para muchos lograr la felicidad es la meta suprema. Tanto así, que los fundadores de los Estados Unidos de América hicieron de la búsqueda de la felicidad un derecho constitucional.

La expresión «bienaventurado» no significa exactamente «feliz», ni «dichoso». Ser dichoso o feliz es disfrutar del estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien. Pero ser bienaventurado significa gozar la vida feliz y gratificante que sólo viene de Dios. La bienaventuranza es un estado de ánimo superior a la dicha y felicidad, pues al proceder de Dios es permanente y estable. Mientras la dicha y la felicidad provienen y dependen del éxito personal, la bienaventuranza proviene y depende de la obra de Dios y siempre resulta en éxito.

La persona bienaventurada no anduvo en el consejo de los malos, es decir no aceptó sus valores. Ni estuvo en el camino de los pecadores, es decir no se unió a sus malas acciones. Tampoco se sentó en la silla de los escarnecedores, o sea, no hizo causa común con ellos. ¿Por qué actuó así el bienaventurado? Porque se deleitaba en alimentar su mente, corazón y voluntad con la palabra de Dios. Mientras, por una parte, aprendía que Dios detesta al pecado y al pecador y que él era también un pecador necesitado de perdón (Salmos 7:11). Por otra era consolado por las buenas noticias del perdón de pecados comprado con la sangre de Cristo, su doble sustituto, y motivado por la gratitud quería obrar lo bueno. Este Salmo no es una amenaza para motivarnos a ser personas buenas. Es una promesa que describe cuán bienaventurado es aquel que nace, crece, se alimenta y vive de la Palabra de Dios. Quien no se alimenta de las buenas noticias de salvación no es bienaventurado. Siempre estará tratando de ganar la aprobación divina sin nunca llegar a la certeza de haber hecho lo suficiente. Jesucristo puso la palabra de Dios en su vida como el interés de suprema importancia y llamó al evangelio la única cosa necesaria (Lucas 10:42). Lo hizo en lugar de nosotros y fue a la cruz para recibir el castigo por nuestro pecado de no poner la palabra de Dios en el primer lugar de nuestra vida. En gratitud vamos a querer dar ese lugar al Señor y su palabra.

Oración:

Señor, por tus medios de gracia me afirmas en la verdadera fe para la vida eterna. Por tanto me postraré ante tu presencia, «y alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad; Porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas». Amén. (Salmo 138:2)

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