(Lectura de la Biblia en tres años: Marcos 7:24–8:10)

TIEMPO DE CANTAR

Canta y alégrate, hija de Sión, porque yo vengo a habitar en medio de ti, ha dicho Jehová.

Muchas naciones se unirán a Jehová en aquel día, y me serán por pueblo, y habitaré en medio de ti, y entonces conocerás que Jehová de los ejércitos me ha enviado a ti.

— Zacarías 2:10-11, RV95

Abraham, el padre del pueblo de Dios, fue un incircunciso pagano caldeo a quien el Dios de la Biblia llamó para salir de su paganismo y servir al Dios verdadero. Su descendencia hasta tiempos de Moisés fue conocida como el pueblo hebreo. Después de Egipto, y al constituirse como nación, son llamados el pueblo de Israel. Tras la muerte de Salomón, y con la división del reino, se habla de ellos como Israel y Judá. Finalmente son deportados a Babilonia. Los que retornaron de la deportación babilónica fueron llamados judíos, aunque desciendan de otras tribus y no de Judá. Sin embargo entre ellos, y desde el principio, siempre hubo quienes permanecieron paganos y tenían su corazón incircunciso.

El Señor anunció que un remanente de ese pueblo sería salvo. Ese remanente es el verdadero pueblo judío de Dios, al que Él promete venir para habitar en medio de ellos. Dios cumplió esa promesa en Jesucristo. El apóstol Juan, como parte de ese remanente, dijo: «Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.» (Juan 1:14). A partir de la venida de Cristo, también se cumple la promesa de que muchos gentiles serán parte de ese verdadero pueblo judío de Dios. Así, aunque usted y yo no podamos trazar nuestra genealogía con ninguna tribu de Israel, por los méritos de Cristo, somos judíos circuncidados en nuestro bautismo y tenemos por rey al judío Jesús (Romanos 2:28-29 cf. Colosenses 2:11; 1:13). Por la gracia de Dios somos parte de la Sión celestial (Hebreos 12:22-24). Nunca lo merecimos, al contrario, por nuestro pecados solo merecemos la ira de Dios. Pero Dios, en su misericordia, nos ha incorporado en su pueblo por los méritos de Jesucristo, el doble sustituto.

Oración:

Señor, tu Hijo Jesucristo cumplió la ley en lugar mío y con su sacrificio en la cruz pagó por mis pecados como mi sustituto. Por esos mismos méritos, soy parte de tu pueblo elegido y me has llamado a servirte como sacerdote que confiesa tu palabra y como discípulo de tu Hijo amado. En gratitud quiero confiar sólo en sus méritos para estar a cuentas contigo. Amén. 

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