(Lectura de la Biblia en tres años: Números 35:29–36:13, Marcos 14:66–72)

¡ALELU YAH!

Dichoso aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el SEÑOR su Dios, creador del cielo y de la tierra, del mar y de todo cuanto hay en ellos, y que siempre mantiene la verdad.

—Salmo 146:5–6

¿Por cuáles bendiciones usted da gracias a Dios? El escritor de este Salmo expresa su gratitud por las bendiciones divinas usando la expresión «¡Aleluya!» que, literalmente, significa «¡Alabado sea Jehová!»

La Biblia llama dichoso a «aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el SEÑOR». Así se refiere a Dios que hizo una promesa de misericordia: Él proveería salvación para la humanidad al enviar al Mesías. Dios es confiable, misericordioso, justo y leal: sus promesas son firmes (v. 7–9). Por eso quien se apoya en Él es dichoso. Dios provee la salida en la prueba, pues es ¡Dios siempre presente! ¡Merece ser alabado!

Sin embargo, nuestra naturaleza pecadora nos inclina a confiar en nosotros mismos: en nuestro propio intelecto y habilidad, antes que en Dios. Incluso puede conducirnos a confiar en nuestra propia fe: A tener fe en nuestra propia fe, en lugar de confiar en Dios, es decir, en lugar de tener fe en Él. El salmista se refiere a Dios con el nombre Jehová (SEÑOR). Así resalta que Dios es fiel a su promesa, a su pacto. Eso significa que Dios hará aquello que prometió. Confiar en Dios es confiar en lo que Él promete en su Palabra revelada, la Biblia. Prometer que Dios hará algo que Él no prometió (por ejemplo: sanar a todos los enfermos de todas sus enfermedades) es usar el nombre de Dios en vano (Ezequiel 13:1–7). No es confianza en Dios, sino mera presunción humana. Usar el nombre de Dios en vano es un pecado por el que merecemos toda la ira de Dios. Muchas veces cometemos este pecado con la intención de consolar a alguien afligido. Pero, no por eso deja de ser pecado. En la cruz Cristo sufrió, en lugar de nosotros, el castigo que merecemos por este pecado. Hizo buen uso del nombre de Dios. Ese mérito nos es atribuido gratuitamente mediante la justificación por la sola fe. En gratitud vamos a querer hacer buen uso del nombre de Dios por confiar en aquello que Él sí ha prometido en su Palabra.

Oración:

Misericordioso Dios: Confieso que soy pecador y que te he desobedecido con mis pensamientos, palabras, y acciones. He hecho lo que es malo y he fallado en hacer lo que es bueno. Por esto merezco tu castigo tanto ahora como eternamente. Pero en verdad estoy arrepentido de mis pecados, y confiando en mi Salvador Jesucristo, oro: Señor, ten piedad de mí, un pecador. Confieso que has tenido misericordia de nosotros y nos ha dado a tu único Hijo para morir por nosotros, y por sus méritos nos perdonas todos nuestros pecados. Amén.

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