SOY BAUTIZADO

Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño de ninguna manera entrará en él.

– Marcos 10:15

En Europa era costumbre colocar el baptisterio a la entrada de los templos. Así se indicaba que el bautismo era la entrada a la familia de la fe. Los baptisterios siempre contenían agua y cuando los creyentes ingresaban a las reuniones cristianas mojaban sus dedos y signaban sus frentes diciendo: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Así recordaban su bautismo, y que ellos no eran salvos por sus obras, sino por la gracia de Dios mediante la fe que les fue impartida cuando les bautizaron.

Cuando fuimos bautizados nacimos de nuevo, recibimos perdón de pecados y la fe salvadora. Pero en nuestra vida cotidiana aún somos seres humanos pecadores, y por eso todavía cometemos pecados. Muchas veces esto puede ser muy desalentador. Cada vez que caemos en pecado la ley de Dios nos acusa. Contritos, confesamos nuestro pecado; pero aun cuando se nos anuncia el evangelio continuamos tristes y preocupados por haber fallado. Entonces es indudable que necesitamos consuelo.

En el Catecismo Mayor Lutero escribió: «Así deberíamos considerar el bautismo y aprovecharnos de él para que sea nuestra fortaleza y nuestro consuelo, cuando nuestros pecados o nuestra conciencia nos oprimen de modo que digamos: “Sin embargo yo estoy bautizado y, por estarlo, se me ha prometido que seré salvo y que mi cuerpo y alma tendrán vida eterna”. Porque por ello ocurren en el bautismo estas dos cosas: es rociado el cuerpo que no puede tomar otra cosa sino agua y, además, se pronuncia la palabra que el alma también puede captar. Y como ambas cosas constituyen un solo bautismo, el agua y la palabra, también el cuerpo y el alma serán salvos y vivirán eternamente; el alma en virtud de la palabra en que cree, y el cuerpo, porque está unido al alma y se posesiona del bautismo como puede. Por eso, no tenemos mayor joya en nuestro cuerpo y en nuestra alma, porque mediante el bautismo somos santos y salvos, lo cual no puede alcanzar ninguna vida y ninguna obra en este mundo.»

La ley de Dios es como un espejo que nos muestra cuál es nuestra condición: somos pecadores. Pero el evangelio nos habla de lo que Cristo hizo por nosotros para que tengamos perdón. Ese perdón nos es impartido por el mismo evangelio tanto en Palabra (como cuando oímos un mensaje) como en sacramento (el bautismo y la santa cena instituidos por nuestro Señor para perdón de los pecados).

Oración:

Señor Jesucristo, concédeme poder apreciar los medios de gracia que suministraste para darnos el perdón, la fe y la vida eterna. Amén.