EL BARRO EN LAS MANOS DEL ALFARERO

«Pueblo de Israel, ¿acaso no puedo hacer con ustedes lo mismo que hace este alfarero con el barro? —afirma el Señor—. Ustedes, pueblo de Israel, son en mis manos como el barro en las manos del alfarero.

—Jeremías 18:6

Trabajar con alfarería requiere cierta destreza. Al hacer vasijas de barro no todas salen perfectas. Algunas resultan demasiado asimétricas o hasta masas informes. En tales situaciones, los alfareros pueden reciclar el barro para fabricar vasijas no tan finas que sean útiles para otros propósitos (basureros, recipientes de aguas servidas, etcétera). Cuando Jeremías visitó el taller de un alfarero vio esta práctica y entonces el Señor le hablo las palabras de la meditación de hoy.

El pueblo de Israel era propiedad de Dios y él podía hacer con ellos lo que mejor le parezca (Salmo 115:3). Dios hizo de Israel una vasija para su gloria y para sus propósitos. El antiguo Israel era el guardián de la palabra de Dios e iba a ser la cuna del Salvador. En los planes de Dios, Israel sería un pueblo escogido para mostrarles a las naciones del mundo cuán bienaventurada es la nación cuyo Dios es el Señor. Siendo el todopoderoso, Dios puede hacer cualquier cosa sin que nada, ni nadie pueda limitarlo. Pero aunque él tiene el poder y la libertad de actuar como le plazca, y aunque no nos debe nada, Dios no actúa en una forma arbitraria con nosotros, más bien nos trata de acuerdo con su palabra y con sus promesas.

El Dios todopoderoso, mediante un juramento solemne y por pura misericordia, se obligó a sí mediante un pacto con Israel en el pasado y también hizo lo mismo como nosotros los cristianos. . Dios no actúa arbitrariamente salvando a unos y condenado a otros al azar. En su palabra, él nos llama al arrepentimiento. Cuando el Espíritu Santo por medio de la predicación de la Ley, obra en nosotros la primera parte del arrepentimiento que es tristeza por nuestros pecados, y cuando luego por la predicación del Evangelio obra en nosotros la segunda parte del arrepentimiento que es la fe, ya por esa fe quedamos conectados con Cristo quien aplacó la justa ira de Dios.

Dios usa la ley moral como un espejo que nos muestra cuál es nuestra condición: somos pecadores que merecemos su ira eterna. Si al conocer la justa condena que merecemos la angustia del arrepentimiento nos desespera, Dios nos consuela con las buenas noticias del evangelio. Ese evangelio nos habla de lo que Cristo hizo por nosotros para que tengamos perdón. Ese perdón nos es impartido por el mismo evangelio tanto en Palabra (Como cuando oímos un mensaje) como en sacramento (el bautismo y la Santa Cena instituidos por nuestro Señor para perdón de los pecados).

Oración:

Señor Jesucristo, concédeme poder apreciar los medios de gracia que suministraste para darnos el perdón, la fe y la vida eterna.  Amén.

 

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