(Lectura de la Biblia en tres años: Deuteronomio 26, Lucas 3:23–29)

EL MÁS APUESTO PRÍNCIPE

Tú eres el más apuesto de los hombres;
tus labios son fuente de elocuencia,
ya que Dios te ha bendecido para siempre.

—Salmo 45:2

¿Se ha percatado de que la mitad izquierda de su cuerpo no corresponde exactamente con la mitad derecha? Nuestros rostros no son simétricos. Tampoco el resto de nosotros. A veces una ceja es más grande que la otra. El maquillaje y la cirugía plástica procuran brindar un aspecto simétrico a nuestra apariencia a fin de que tengamos un mejor aspecto, uno más bonito. Aún así, algo que para unos es muy bello, para otros no lo es. El concepto de belleza puede ser muy subjetivo.

Según el texto de hoy, Jesucristo es el más apuesto de los hombres. Muchas obras artísticas lo representan así, muy parecido al mitológico Adonis griego. Pero el Antiguo Testamento afirma que: «No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia lo hacía deseable. […] Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos. (Isaías 53:2–3). No tenemos una fotografía de Cristo, ni tampoco una descripción suya de un testigo ocular. ¿Qué podemos afirmar basándonos en las Escrituras?

En su naturaleza humana, Jesús fue hijo de la virgen María. Puesto que ella era descendiente natural de David, Jacob y Abraham, es lógico esperar que Jesús posea rasgos judíos. Pudo tener un aspecto delgado e inclusive poseer la típica nariz judía. Que su apariencia no era muy diferente del resto de sus paisanos es evidente puesto que Judas usó una señal para que los enemigos de Cristo puedan identificarlo cuando lo arrestaron (Mateo 26:48). Isaías lo describe como no atractivo en relación al hecho de que él cargó con nuestros pecados (Isaías 53:6,7). Por causa de nuestra naturaleza pecaminosa y porque hemos pecado ofendiendo a nuestro Creador merecemos toda la ira de Dios. Pero gracias a Cristo hemos sido perdonados. Es precisamente eso lo que lo hace atractivo para nosotros. Tal belleza no puede ser apreciada por la vista, sino por el corazón. En gratitud vamos a querer apreciar la belleza de su amor viviendo consagrados a Él mientras esperamos su retorno.

Oración:
Misericordioso Dios: Confieso que soy pecador y que te he desobedecido con mis pensamientos, palabras, y acciones. He hecho lo que es malo y he fallado en hacer lo que es bueno. Por esto merezco tu castigo tanto ahora como eternamente. Pero en verdad estoy arrepentido de mis pecados, y confiando en mi Salvador Jesucristo, oro: Señor, ten piedad de mí, un pecador. Confieso que has tenido misericordia de nosotros y nos ha dado a tu único Hijo para morir por nosotros, y por sus méritos nos perdonas todos nuestros pecados. Amén.

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