“Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal resonante, o címbalo retumbante. Y si tuviera el don de profecía, y entendiera todos los misterios, y tuviera todo el conocimiento, y si tuviera toda la fe, de tal manera que trasladara los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Corintios 13:1-3).

SI NO HAY AMOR, NO HAY NADA

Las apariencias pueden engañar. Un carro usado se puede ver muy bien, no tiene manchas oxidadas ni abolladuras y tiene un interior limpio y las llantas en buen estado, pero si el motor tiene el bloque agrietado, el carro puede ser muy mala compra.

La apariencias pueden engañar también en la vida de las personas. Las mejores obras y los mejores dones de los seres humanos no son nada a juicio de Dios si no están hechos con amor.

Los sonidos también pueden engañar. Alguien puede hablar de la manera más amable, incluso como lo harían los ángeles, pero si no hay amor en lo que se dice, las palabras no son otra cosa sino sonidos huecos. Sin amor no son nada, solo címbalos retumbantes.

Si los dones de revelar y explicar la verdad, de entenderla y comprenderla, de aprenderla y saberla no se usan con amor para la gloria de Dios, entonces esos dones no son lo que parecen. Sin amor, no son nada.

Aun la fe que parece lograr grandes obras, como mover montañas o echar fuera demonios o sanar, no es nada a no ser que la fe haya nacido del amor de Cristo, una fe que refleje su amor.

Tal vez los indicadores o las características más fuertes del verdadero amor son el deseo de compartir y la voluntad para sacrificarse. La generosidad puede llevar millones para los pobres; la entrega de uno mismo puede llevar al sacrificio supremo de la vida misma. Pero, nuevamente, a menos que el amor motive esas grandes obras, no son nada.

Todo esto no se dice para desanimarnos de usar las aptitudes especiales con las que Dios nos ha bendecido; no quisiéramos minimizar ni despreciar las grandes obras. ¡Todo lo contrario! Las aptitudes y los dones especiales traen la responsabilidad adicional de usarlos para la gloria de Dios. Las grandes bendiciones traen más oportunidades para compartirlas con los demás. El desinterés y la entrega de uno mismo son virtudes que las Escrituras animan. Pero ante los ojos de Dios, sin amor real no son nada. ¡Oh, que nuestro corazón se desborde del verdadero amor cristiano, un amor que brote naturalmente de esa fuente de amor que Dios nos ha mostrado en Cristo!

Oración:

Señor, llena nuestro corazón de los dones de amor cristiano. Amén.

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