CONCÉDEME QUE VEA SU ROSTRO ETERNO

Y aparecieron dos personajes —Moisés y Elías— que conversaban con Jesús. Tenían un aspecto glorioso. Lucas 9:30,31

Una vez más miramos a Jesús en el Monte de la Transfiguración y vemos que su rostro es eterno. Para apreciar esta verdad, es necesario que miremos a nuestros propios rostros. ¿Qué vemos cuando nos miramos? Rostros marcados por las manos del cambio. Rostros en los que han dejado sus marcas la enfermedad y el dolor. Rostros que finalmente estarán fríos en un ataúd.

¡Oh, qué tanto necesitamos mirar el rostro de Jesús en esa montaña! Ahí tenemos una visión de lo que podemos esperar algún día con él. Moisés y Elías, que están a su lado en ese monte, refuerzan nuestra expectativa y convicción. Moisés, quien murió a la edad de 120 años, aparece vivo ahí, unos 1500 años más tarde. Elías, quien fue llevado al cielo en un carro de fuego y torbellino casi 900 años antes, también vive. Los dos son reales. Ellos escuchan, piensan, hablan; y los discípulos los reconocen.

En esos dos hombres que hablan con Jesús, vemos el futuro brillante que nos espera por medio de nuestro eterno Salvador. Algunos de mis seres amados han desaparecido de mi vista. No volveré a ver su rostro en esta tierra. Pero los veré en el cielo, con la misma seguridad de que he visto a Moisés y a Elías allá al lado de Jesús. Algún día, solo Dios sabe cuándo, mi rostro va a desaparecer. Pero ese no será el fin para mí, como tampoco lo fue para Moisés y Elías. No será el fin, sino que todos los creyentes y yo nos uniremos a los creyentes del Antiguo Testamento para estar al lado de Jesús para siempre.

Oración:

Sí, concédeme ver el rostro de mi Salvador, primero aquí en la tierra y finalmente en el cielo. Amén.