COMO EL ESPLENDOR DEL CIELO

Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados: unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua.

Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas, a perpetua eternidad.

—Daniel 12:2-3, RV95

La Biblia entera presenta a Dios como santo y justo. Santo es aquel que ama lo bueno y aborrece lo malo. Dios ama lo bueno y aborrece lo malo. Por tanto no tolera el pecado. Algunas personas se imaginan que Dios es un ser amable pero pusilánime, que no querrá castigar la maldad y a los malos con todo el peso de la ley, sino solamente darles un leve regaño. Pero tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento enseñan la inmensa bondad y misericordia divina como su vertical severidad. De esto habla el texto que hoy meditamos.

La Santa Escritura claramente enseña que Dios aborrece el pecado y también aborrece al pecador impenitente (Salmo 7:11). El Dios que envió a su Hijo para redimirnos de la condenación eterna es el mismo que inundó el planeta entero bajo las aguas del Diluvio ahogando toda la población mundial excepto ocho personas. El Dios que arrasó bajo fuego a Sodoma y Gomorra, y que abrió la tierra para que Datán y Abiram, cada uno junto a toda su familia, descendieran vivos al infierno es el mismo Dios que hoy sigue gobernando el universo. Él ha anunciado qué ha de suceder el último día, cuando llegue el juicio eterno. Jesucristo fue bastante claro al respecto, cuando dijo: «No se admiren de esto, porque va a llegar la hora en que todos los muertos oirán su voz y saldrán de las tumbas. Los que hicieron el bien, resucitarán para tener vida; pero los que hicieron el mal, resucitarán para ser condenados.» (Juan 5.28-29, DHH).

Los creyentes somos tan pecadores y merecedores de toda la ira de Dios como los demás (Romanos 3:22-23). Pero, gracias a los méritos de Jesucristo, hemos sido declarados justos y resucitaremos al gozo eterno. Aunque, por ser siervos inútiles no merecemos recompensas por nuestro servicio al Señor aquí en la tierra, Dios promete recompensarnos con esplendorosos galardones gracias a los méritos de Cristo (Lucas 17:10). Llamamos «recompensas de gracia» a esos galardones porque nuestra buena obra (que nada merece) al serle añadida los méritos de Cristo se hace muy valiosa. En gratitud vamos a querer servir al Señor gozosos esperando su venida (Hebreos 1:6 cf. 2 Timoteo 4:8)

Oración:

Señor Jesucristo, concédeme que mi vida entera esté consagrada solo a ti, todo el tiempo de vida que me queda aquí en la tierra.  Amén.

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