(Lectura de la Biblia en tres años: Josué 15:33–63, Lucas 8:32–39)

AMA AL SEÑOR TU DIOS, OBEDÉCELO Y SÉ FIEL A ÉL

»Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes. Ama al SEÑOR tu Dios, obedécelo y sé fiel a él, porque de él depende tu vida, y por él vivirás mucho tiempo en el territorio que juró dar a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob.»

—Deuteronomio 30:19–20

Moisés, en el texto de hoy, declara que el cielo y la tierra serán los testigos del pacto de Dios con los israelitas. ¿Por qué?

Típicamente, quienes concertaban un pacto hecho entre ellos, presentaban la lista de sus dioses nacionales, a quienes ponían como testigos de su acuerdo. Al tener testigos, cada parte decía: «Que los dioses me bendigan si guardo las estipulaciones de este acuerdo. No obstante, que los dioses hagan caer las maldiciones de este tratado sobre mí si quebranto las exigencias de este pacto.» Como no había otros dioses, Moisés llamó a toda la creación del Señor para que sea testigo de este tratado. Moisés iba a ser el mediador del pacto del Señor con Israel. Como tal, podía exhortar al pueblo para que obren lo correcto, pero no podía obligarlos. Los israelitas tenían que escoger por sí mismos y cumplir sus compromisos. Moisés no podía hacerlo por ellos. Los seres humanos podemos declarar que confiamos y creemos en muchas cosas. Sin embargo, al transcurrir el tiempo, nuestros actos evidenciarán cuánta es nuestra verdadera convicción.

¿Cuál es nuestra convicción respecto de Cristo? Para muchos, Cristo solo se trata de una leyenda y que, si existió, solo fue un buen hombre. Pero para la Biblia « El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rechaza al Hijo no sabrá lo que es esa vida, sino que permanecerá bajo el castigo de Dios.» (Juan 3:36). Sí creemos en Cristo como nuestro salvador, tal convicción resultará en conducta cristiana, «Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos. No ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de injusticia; al contrario, ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida, presentando los miembros de su cuerpo como instrumentos de justicia.» (Romanos 6:12–13).

Oracion:

Misericordioso Dios: Confieso que soy pecador y que te he desobedecido con mis pensamientos, palabras, y acciones. He hecho lo que es malo y he fallado en hacer lo que es bueno. Por esto merezco tu castigo tanto ahora como eternamente. Pero en verdad estoy arrepentido de mis pecados, y confiando en mi Salvador Jesucristo, oro: Señor, ten piedad de mí, un pecador. Confieso que has tenido misericordia de nosotros y nos ha dado a tu único Hijo para morir por nosotros, y por sus méritos nos perdonas todos nuestros pecados. Amén.

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