DURMIENDO EN PAZ

En paz me acostaré y asimismo dormiré, porque sólo tú, Jehová, me haces vivir confiado.

– Salmos 4:8 (Reina-Valera 1960)

Cada día, al finalizar la jornada nuestros cuerpos y mentes demandan reposo. El dormir es parte esencial de nuestros procesos de vida. Hoy mucha gente descansa menos de lo que realmente necesita para mantenerse en buena salud. En unos casos, es la cantidad de tiempo dedicado a las obligaciones del trabajo y del estudio la que nos quita horas del sueño. En otros, es simplemente la falta de disciplina para administrar las horas dedicadas a ver televisión o navegar en internet. Pero sucede, también, que muchas veces, lo que nos quita el sueño son preocupaciones, angustias y desafíos que toca enfrentar como parte de nuestra vida y que nos quitan la paz. David, quien escribió la cita de hoy, no padecía problemas de sueño; no tenía insomnio. Moisés tampoco. Jesucristo dormía plácidamente a pesar de que la tormenta amenazaba hundir la barca en la que viajaba (Marcos 4:38). ¿Por qué?

Por las razones enunciadas en el versículo de hoy. Ellos vivían confiados en la protección divina. No confiar en Dios para nuestra protección es un pecado contra el Primer Mandamiento. Dios exige que confiemos en él perfectamente. No lo hacemos perfectamente y por eso merecemos toda la ira de Dios. Jesucristo sí confió plenamente en Dios Padre, y lo hizo por nosotros. Fue a la cruz para pagar el castigo que merecemos. En gratitud, vamos a querer no tomar el nombre de Dios en vano. Martín Lutero, en su «Breve instrucción cristiana» propone una manera de usar el nombre de Dios en gratitud:

«Por la noche, al acostarte, te signarás con la santa cruz diciendo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Después, arrodillado o en pie, dirás el Credo y el Padrenuestro. Si te parece bien, podrás añadir la siguiente oración breve: “Te estoy agradecido, Padre mío celestial, por Jesucristo, tu Hijo amado, por haberme guardado misericordiosamente durante esta jornada. Te ruego que tengas a bien perdonarme todos mis pecados con los que haya obrado injustamente y que me protejas por tu gracia durante esta noche. En tus manos me encomiendo y en ellas pongo mi cuerpo, mi alma y todo. Que tu santo ángel me acompañe para que nada pueda contra mí el enemigo. Amén.” Duérmete después enseguida y felices sueños.»

Oración:

Señor, por causa de mi pecado merezco el castigo eterno. Pero por causa de tus méritos tengo libre acceso a tu presencia. Concédeme vivir, el tiempo que me resta, sirviéndote en gratitud a tu amor. Amén.