(Lectura de la Biblia en tres años: Éxodo 2, Mateo 16:1–4)

PERDIÉNDOLO TODO POR NADA

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?

—Lucas 9:25

¿Qué sucede cuando uno trata de agradar a todo el mundo? La respuesta es que terminará ofendiendo a algunos. Tenemos una necesidad imperiosa de aceptación. Queremos que nuestros colegas laborales nos aprecien. No queremos ser rechazados por nuestra familia ni por nuestros amigos. Nos esforzamos para conseguir algún reconocimiento y, en ese empeño, muchas veces llegamos a descuidar aquello que de verdad tiene importancia. Algunas personas han perdido la salud en su afán de acumular riquezas para luego perder esas riquezas a fin de recuperar su salud. Cuando Jesucristo dijo las palabras del texto que hoy meditamos no se refería a la salud física sino a la salud espiritual, la cual tiene que ver con nuestra condición eterna. Perder la salud física nos afectará por algún tiempo, pero perder la salud espiritual tiene consecuencias eternas.

Jesucristo dijo las palabras que hoy meditamos después de anunciar que él sería rechazado y finalmente crucificado. Para los discípulos aquello podía parecer ilógico pues en esos momentos Jesús era muy popular y tenía muchos seguidores. Incluso Pedro acababa de confesar que él era el Cristo. Pero los discípulos, erróneamente, creían que el Cristo gobernaría el mundo entero desde Jerusalén. Todavía no entendían que su reino no era de este mundo. Por eso Jesucristo les enseña que ser seguidor suyo implicaba ir a la cruz, tal como él lo haría. La cruz del creyente no son los padecimientos que nos toca sufrir como a cualquier ser humano. Llevar la cruz de Cristo es vivir en abnegación de manera que estamos dispuestos a sufrir la adversidad que resulta de ser cristianos, que para muchos puede resultar en morir por haber confesado a Cristo. Aunque todo cristiano, en algún momento, experimentará adversidad por causa de Cristo, la cruz no es un fin en sí mismo. Finalmente viviremos en la gloria del Señor. No podemos ser fieles discípulos de Cristo perfectamente y por eso somos merecedores de toda la ira de Dios. Pero Jesucristo fue perfecto en lugar de nosotros y en la cruz pagó nuestra culpa. En gratitud vamos a querer confesar fe en él aunque al hacerlo perdamos aquello que consideramos valioso, incluso nuestra vida física.

Oración:

Señor, tu Hijo Jesucristo cumplió la ley en lugar mío y con su sacrificio en la cruz pagó por mis pecados como mi sustituto. Por esos mismos méritos, soy parte de tu pueblo elegido y me has llamado a servirte como sacerdote que confiesa tu palabra y como discípulo de tu Hijo amado. En gratitud quiero confiar sólo en sus méritos para estar a cuentas contigo y te suplico me concedas el poder predicar tu palabra con valor y certeza de modo que pueda confesarle y no negarle. Amén.

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