“Pero les digo la verdad: les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes; pero si me voy, yo se lo enviaré” (Juan 16:7)

CRISTO ENVÍA AL ESPÍRITU 

Imagínese cómo sería tener a Jesús como nuestro pastor, escucharlo predicar y enseñar, recibir su consuelo en tiempos de angustia, que nos consolara con su sabiduría, que nos guiara en nuestra vida cotidiana. Este fue el caso de los discípulos. Lo que les había dicho era verdad: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque les digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron” (Lucas 10:23,24).

Sin embargo, ahora Jesús anuncia que se va. Podemos comprender la reacción de pesar de los discípulos.

Pero Jesús dice: “Conviene que yo me vaya”. Si la estrecha relación personal que sus discípulos gozaron con Jesús siguiera indefinidamente, el mismo propósito de la misión de Jesús no se hubiera logrado. Su ida, su ascensión, lo llevaría a sentarse “a la diestra del Poderoso” (Mateo 26:64). Como Lutero lo planteó, la diestra de Dios está en todas partes. En otras palabras, fue necesario para nosotros que Jesús intercambiara su presencia en Judea y Galilea por su trono celestial, a fin de que pudiera estar presente en toda su iglesia de todas partes. En vez de que todos nos fuéramos a vivir a la tierra de Israel para estar con él, él dejó la tierra de Israel para venir y vivir con nosotros.

Sus discípulos no se quedarían solos en un mundo de maldad, injusticia, pesar y dolor. No, de ninguna manera. Jesús enviaría al Espíritu Santo, como lo prometió: “Pero si me voy, yo se lo enviaré”. El Espíritu Santo vendría a este mundo y sería para los discípulos lo que Jesús había sido para ellos durante los días en que los acompañaba físicamente.

El Espíritu todavía viene por medio de la predicación del evangelio. Viene para ser nuestro amigo íntimo y personal. No solo viene a reemplazar la presencia de Cristo, sino también a completar la presencia de Cristo, con el fin de seguir la obra de Dios en nuestra vida. La presencia del Espíritu Santo es el secreto de una vida de plenitud, gozo, libertad y poder. Tener el Espíritu Santo como un amigo que está siempre presente y vivir conforme a la palabra de Dios, la cual él nos ha dado, es una verdadera vida cristiana.

Oración:

Oh Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, escucha nuestras oraciones y haz tu hogar en nuestro corazón. Desciende con todo tu poder misericordioso, para que podamos amar lo que tú amas y hacer lo que tú quieres que hagamos. Amén.

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