LA ÚLTIMA SEÑAL, EL SOL, LA LUNA Y LAS ESTRELLAS

El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan. Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. En aquel día los cielos desaparecerán con un estruendo espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será quemada […] Ese día los cielos serán destruidos por el fuego, y los elementos se derretirán con el calor de las llamas.

– 2 Pedro 3:9-12

En los años ochenta del siglo pasado trabajé en un consorcio que consideraba que cuidar el aspecto personal de sus representantes protegía la imagen de la empresa: Los varones de traje y corbata, calzados ligeros; las damas de traje, medias de nilón y calzados de tacón. Debíamos tener siempre presente que «si algo sale mal, saldrá mal y en el peor momento posible» (Ley de Murphy, decían), para poder estar prevenidos para cualquier percance. Las damas llevaban otro par de medias en la cartera. Los varones otra corbata en el maletín. Copias adicionales de los contratos a firmar por si llovía y accidentalmente se estropeaban, etcétera. ¿Fueron útiles las precauciones? Sí, y mucho. Estar desprevenido puede resultar desastroso en extremo.

Jesucristo urgió a sus discípulos para vivir prevenidos pues nadie sabe el día de su venida. Todas las cosas que dijo ocurrirían antes de su venida nos recuerdan que él viene, pero nos dejan con la incógnita del cuándo. Por eso Pedro insiste en que la venida de Jesús tomará por sorpresa a muchos, como un ladrón. La última pista que Jesús y los profetas Joel y Sofonías dan es la disolución del universo, su desaparición por fuego: «Tan pronto como pasen aquellos días de sufrimiento, el sol se oscurecerá, la luna dejará de dar su luz, las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestiales temblarán. Entonces se verá en el cielo la señal del Hijo del hombre, y llenos de terror todos los pueblos del mundo llorarán, y verán al Hijo del hombre que viene en las nubes del cielo con gran poder y gloria. Y él mandará a sus ángeles con una gran trompeta, para que reúnan a sus escogidos de los cuatro puntos cardinales, desde un extremo del cielo hasta el otro» (Mateo 24:29-31, DHH). El mismo día que esto sucede, vuelve Jesucristo.

La última señal es que todos lo verán volver tal como subió. La señal es él. Aunque para quienes se pierden su venida será inesperada y repentina, no lo será para su iglesia pues le estaremos esperando preparados. ¿Cómo? Vestidos de su justicia (su perfecta obediencia activa en lugar de nosotros) y lavados por su sangre (su obediencia pasiva al recibir el castigo eterno en lugar nuestro). En gratitud vamos a querer rechazar la impiedad y las pasiones mundanas y vivir en este mundo con justicia, piedad y dominio propio, mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo (Tito 2:11).

Oración:

Señor, guárdame en santidad para tu venida. ¡Ven, Señor Jesús! Amén.