“Pero con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

CRISTO VIVE EN MÍ

¡Haga una vida! A menudo esas palabras son lanzadas como un insulto. Implican que usted no lleva una vida digna de ser vivida. ¡Esto no es cierto! La próxima vez que alguien le lance este insulto, usted puede responder: “Tengo una vida. De hecho, tengo dos vidas”.

¿Dos vidas? Cada uno de nosotros tiene una vida física. Esta es única, una existencia especial que consta de cuerpo y alma, familia, amigos, talentos, intereses e historia de la vida física llena de inestabilidad, vueltas y giros inesperados. Cada uno de nosotros también tiene una vida espiritual, una segunda vida, por decirlo así. Esta vida consta de fe, amigos cristianos, talentos, frutos del Espíritu, dones del Espíritu e historia espiritual llena de inestabilidad, de vueltas y giros inesperados.

Nuestra vida física comenzó cuando Dios nos dio el alma al momento de ser concebidos en el vientre de nuestra madre. Nuestra vida espiritual comenzó cuando Cristo vino a vivir en nosotros. En nuestra lectura, Pablo describe su vida espiritual. El Pablo viejo natural ya no vive. Esa vida espiritual antigua fue crucificada con Cristo. En su lugar, Cristo vino a vivir en Pablo.

Ahora Pablo vive por la fe en el Hijo de Dios, confiado en que el Hijo de Dios perdonará todos sus pecados. Él vive ahora con Cristo, quien forma cada pensamiento y acción. Su ministerio se desempeña según Cristo lo dirija y en el poder de Cristo.

Esta es la vida que Pedro y Juan querían crear en el pueblo judío de Jerusalén en los días después de Pentecostés. El Cristo, a quien estas personas habían matado, estaba vivo, y lo único que quería era que se arrepintieran de sus pecados y creyeran en él. Quería vivir en ellos.

Cristo ha venido a vivir también en nosotros, y hace que la vida sea verdaderamente digna de vivirse. Su palabra nos dirige en la vida diaria. Su gran amor por nosotros nos da la capacidad para tomar buenas decisiones espirituales, a fin de llevar una vida que agrade a Dios.

¡Haga una vida! ¿Es una frase despectiva? Tal vez, pero no lo tiene que ser. Considérela como un ánimo para estar vivo en Cristo, mediante el uso regular y fiel de la palabra de Dios, un recuerdo diario de su bautismo y una asistencia regular a la Santa Cena.

Oración:

Señor, ayúdanos a dar a nuestra vida spiritual la atención que se merece. Aliméntanos por medio de la palabra y del sacramento, y prepáranos para llevar la vida a la cual tú nos has llamado. Amén.