EL FUEGO DEL AMOR

Grábame como un sello sobre tu corazón; llévame como una marca sobre tu brazo. Fuerte es el amor, como la muerte, y tenaz la pasión, como el sepulcro. Como llama divina es el fuego ardiente del amor.

—Cantares 8:6

La antigua costumbre de llevar un anillo de matrimonio ya era conocida en el Egipto de los faraones. Sin embargo esa joya la llevaban solo las esposas. Es en tiempos de la Segunda Guerra Mundial que muchos esposos, que marchaban al frente de batalla, optaron por usar un anillo para recordar que sus hijos y esposa, les esperaban en casa. Hoy, la costumbre de usar un anillo sirve de recordatorio del compromiso que mutuo que los cónyuges tienen con Dios y el matrimonio.

En el texto que hoy meditamos, la novia expresa su deseo de ser «como un sello» sobre el corazón y el brazo de su amado. Ella no quiere ser un simple recuerdo en el corazón de su amado, quiere estar grabada en su corazón como un sello. En aquellos tiempos los sellos podían ser usados calientes para dejar una marca perenne. La amada compara el amor (no dice «mi amor» o «su amor» pues habla simplemente de amor, el amor perfecto y divino) con la muerte y el sepulcro que no dejan ir a sus muertos. Así es el amor de Dios, no abandona lo que ama. La fuerza y la fidelidad de este amor son muy diferentes del amor que por lo común se demuestra entre un hombre y una mujer. Martín Lutero lo expresó así: «He observado muchas parejas de casados que se unen con una pasión tan grande que estarían listos a devorarse mutuamente por amor, pero después de medio año huyen el uno del otro». Pero el amor de Dios es persistente, «¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor!» (Romanos 8:39, DHH).

El anhelo de la amada de Cristo, la iglesia, ya fue cumplido. Dios no ve a la iglesia aparte de Cristo, sino en Cristo (Colosenses 3:3). Al comparar el amor divino con el amor matrimonial, el Padre nos dice que Su Hijo y la iglesia «ya no son dos, sino uno solo.». Como lo expresa el apóstol Pablo: «somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.» (Efesios 5:30) Por nosotros mismos no valemos nada delante de Dios y solo merecemos su eterna ira. Pero en Cristo somos lo más valioso que hay en el universo, pues estamos grabados en el corazón de Dios y hemos sido adornados con todos los méritos de Jesucristo. Por su obediencia activa a la voluntad divina, Dios nos ve con las mejores buenas obras atribuidas a nosotros. Por su obediencia pasiva, nuestros pecados han sido perdonados.

 

Oración:

Señor, te doy gracias porque por los méritos de Jesucristo, tu amado Hijo, tú me ves hermoso, santo y justo. Por eso estoy seguro que el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida; y en tu casa moraré por largos días. Amén. 

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