“Regocíjense en el Señor siempre. Y otra vez les digo, ¡regocíjense!” (Filipenses 4:4).

¡REGOCÍJESE! ¡YA VIENE!

“Mi médico dice que mi corazón se está debilitando. He tenido apoplejías menores todos los días. La salud de mi esposo también se está debilitando. Y a propósito, pastor, ¿cómo está la señora Martínez?”. Eso es lo que una de mis confinadas de la casa me dijo el otro día. ¡Asombroso! Esta mujer cristiana sufría su propia enfermedad y veía que la salud de su esposo se deterioraba; sin embargo, se preocupaba más por cómo estaba una hermana cristiana. Esta señora sabía que Jesús estaba con ella, al lado de su cama, y nunca la olvidaría. De la misma forma, no quiso olvidarse de las necesidades de otros. Ojos que no ven, pero corazón que sí siente.

La ascensión de Jesús proporcionó a los discípulos la misma convicción y el mismo deseo de olvidarse de sí mismos y enfocarse en las necesidades espirituales de los demás. Mientras veían que Jesús ascendía al cielo, no se imaginaban el poder que Jesús ejercería en su nombre. Después de Pentecostés, sus vidas no fueron fáciles, pero encontraron fuerzas para servir porque sabían que Jesús estaba con ellos. Esta confianza les permitió sobrellevar sus dificultades y servir a su Señor. Los llevó a ver más allá de sus necesidades a las necesidades de otros, especialmente las necesidades espirituales. Los llevó a regocijarse en cada circunstancia en la que se encontraban.

Muy frecuentemente la gente tiene la idea de que Jesús debe poner fin a todos sus problemas. Para muchos, los problemas por los que pasan los hacen centrarse en ellos mismos y se olvidan de los demás. ¿Regocijo? ¿Cómo podemos regocijarnos?

Regocijarse no quiere decir que usted deba estar riéndose todo el tiempo. No significa que siempre se sienta feliz. Quiere decir que a pesar de cualquier problema que tenga, puede esperar a que regrese su Salvador y confiar en su presencia y su poder. Y significa que puede servir al Señor y a su pueblo. La confianza en la presencia y el amor de Dios aparta la autocompasión y la propia preocupación que con tanta facilidad nos aprisiona. Aferrarse a la esperanza de la vida en el cielo nos anima para que ayudemos a otros a mirar hacia adelante a la esperanza de la vida eterna.

Una cosa es sentarse en la iglesia y confesar la esperanza de la vida eterna. Y otra cosa muy diferente es permitir que esa esperanza impacte la forma en que vivimos. ¡Jesús está a cargo! ¡Vela por nosotros! ¡Nos llevará a casa! ¡Regocíjese siempre!

Oración:

Señor Jesús, escúchanos en nuestras necesidades. Danos alivio conforme a tu voluntad. Recuérdanos tu amor para que sigamos confiando en ti y aceptemos tu voluntad. Cuando venga la desesperación, permítenos regocijarnos en tu ascensión y tu mensaje de esperanza. Amén.