LOS ENEMIGOS Y AMIGOS DE DIOS

«¡Así perezcan todos tus enemigos, oh Señor! Pero los que te aman sean como el sol cuando sale en todo su esplendor.» Entonces el país tuvo paz durante cuarenta años.

– Jueces 5:31

Esta fecha tiene historia. Desde aquél fatídico 11 de septiembre de 2001 el mundo ha sufrido muchos cambios. Entre ellos, el tener presente que la paz mundial tan anhelada ya no puede lograrse únicamente con la eliminación de todos los ejércitos de las naciones. La Biblia nos enseña que sin Jesucristo no habrá paz en ningún lugar. Pero también nos enseña algo mucho más importante: Que Dios es Dios de paz. ¿Cómo así? Después que la gente de Israel saliera de Egipto, Dios hizo un pacto con Israel en el que se estipulaban muchas bendiciones para Israel si ellos eran fieles al pacto. Pero también habría maldiciones si el pueblo no acataba el pacto. Israel obtuvo grandes victorias militares únicamente por la bendición de Dios.

Es precisamente después que Israel tiene esta victoria militar que la profetiza Débora da testimonio de la fidelidad de Dios entonando un cántico que contiene las palabras de la meditación de hoy. Esta batalla real con gente real muestra que también era una batalla entre el Dios de salvación y las fuerzas dispuestas en contra de la historia de la salvación. Las palabras del texto expresan el deseo piadoso que todas las batallas de los creyentes tengan tan buen resultado como ésta, ¿será así? ¡Sí, en esto tenemos la promesa de Dios! Los enemigos del Señor finalmente perecerán. Aquellos que están de su lado despertarán en la eternidad para compartir una ciudad que no necesita sol porque recibe su luz y su calor sólo de Dios.

¿En cuál lado nos encontramos nosotros? Como pecadores hijos de Adán merecemos toda la ira de Dios. Gracias a los méritos del Salvador como nuestro doble sustituto, es decir, a que Cristo fue perfectamente obediente a la voluntad de Dios y a que recibió en sí mismo el castigo que nosotros hemos merecido, podemos confiar que estamos del lado de la vida eterna. En gratitud vamos a querer permanecer en las promesas incondicionales de salvación que Cristo ganó por nosotros.

La paz para el Antiguo Israel, o sea la ausencia de guerra, fue una vez más el regalo de Dios, tal como lo había sido por 40 años en los días de Otoniel, y por 80 años en tiempos de Aod. La paz entre Dios y nosotros también es un regalo de la misericordia divina. A él sea toda la gloria.

Oración:

Padre celestial, ya que he sido justificado mediante la fe por medio de nuestro Señor Jesucristo, tengo tu paz y acceso a esta gracia en la cual me mantienes firme. Por eso me regocijo en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Amén.

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